El 26 de abril de 1937 no fue un día especialmente distinto en Madrid. La ciudad llevaba meses instalada en una rutina que ya no se parecía en nada a la vida anterior a la guerra. Desde finales de 1936, la capital había sido objetivo de bombardeos que obligaron a organizar refugios en sótanos, estaciones de metro y edificios públicos. Las sirenas, los apagones nocturnos y las colas para conseguir alimentos formaban parte de un paisaje cotidiano asumido con una mezcla de resignación y resistencia.
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En ese contexto, la información no circulaba de forma clara. La radio estaba controlada, la prensa dependía de lo que se podía publicar y muchas noticias llegaban primero como rumores antes de confirmarse. Madrid no solo vivía bajo las bombas, sino también bajo una incertidumbre constante, en la que cada dato debía interpretarse con cautela.
A lo largo de aquel lunes empezó a repetirse un comentario que, en un primer momento, no parecía muy distinto de otros. En el norte había ocurrido algo grave. Se hablaba de un bombardeo intenso sobre una localidad que, al principio, ni siquiera todos sabían identificar con precisión. No era extraño: en una guerra con múltiples frentes, las noticias llegaban incompletas, fragmentadas y, a menudo, deformadas por el propio recorrido que hacían de boca en boca.
Sin embargo, a medida que avanzaban las horas, ese rumor empezó a cambiar de forma. Ya no se trataba solo de un ataque más. Se hablaba de una acción prolongada, de varias oleadas de aviones, de una ciudad que había sido castigada durante horas. El nombre de Guernica comenzó a aparecer en las conversaciones con mayor claridad, acompañado de una sensación que no era habitual: la de que aquello podía ser distinto.
En los días posteriores, la información se fue consolidando. El 26 de abril, entre las cuatro y media de la tarde y las siete y media, Guernica fue bombardeada en varias fases por la aviación alemana de la Legión Cóndor, con apoyo italiano, dentro de la estrategia del bando sublevado en la Guerra Civil Española. No se trató de un ataque puntual, sino de una operación planificada que combinó distintos tipos de bombardeo.
Primero cayeron bombas explosivas que destruyeron edificios y desorganizaron la ciudad. Después, los aviones ametrallaron a la población que intentaba huir por calles y carreteras. Finalmente, se lanzaron bombas incendiarias que provocaron un fuego generalizado que arrasó gran parte del casco urbano. El resultado fue devastador: alrededor del 70% de la ciudad quedó destruida y los incendios continuaron durante la noche. Las cifras de víctimas, aunque discutidas, se sitúan hoy en un rango aproximado de entre 150 y 300 fallecidos.
En Madrid, estos datos no se recibieron como una noticia lejana. Se interpretaron desde la experiencia propia. La capital ya había sufrido bombardeos, y su población conocía bien el sonido de las sirenas y el impacto de las explosiones. Pero lo ocurrido en Guernica introducía una dimensión nueva: la posibilidad de que la destrucción de una ciudad no fuera una consecuencia secundaria de la guerra, sino un objetivo en sí mismo.
Ese cambio de percepción tuvo un efecto inmediato, aunque no siempre visible. No hubo un colapso de la vida cotidiana, porque Madrid ya estaba acostumbrado a convivir con la amenaza. Los tranvías siguieron circulando, los mercados abrieron cuando pudieron y la actividad continuó dentro de lo posible. Sin embargo, algo había cambiado en la forma de entender el conflicto.
Hasta ese momento, muchos podían pensar en la guerra en términos de frentes, posiciones o avances militares. Guernica rompía esa lógica. Mostraba que la guerra podía dirigirse contra una ciudad entera, sin una distinción clara entre objetivos militares y civiles, y que podía hacerlo de forma sistemática, sostenida en el tiempo y con un nivel de destrucción total.
La confirmación internacional de lo ocurrido, especialmente a través de las crónicas del periodista George Steer en The Times, reforzó esa percepción. Su relato detallado del bombardeo ayudó a que la magnitud del ataque se entendiera más allá de la propaganda y las versiones interesadas. Para Madrid, que ya vivía bajo la presión constante del conflicto, esas informaciones actuaron como una confirmación de lo que muchos habían empezado a intuir.
A partir de entonces, la comparación fue inevitable. Si una localidad como Guernica podía ser arrasada en pocas horas mediante una combinación de explosivos, ametrallamiento e incendios, la pregunta que se instaló en la capital era evidente: ¿podría ocurrir lo mismo en Madrid?
No era una cuestión retórica, sino una forma de anticipar el futuro inmediato. Los refugios adquirieron mayor relevancia, la atención a las sirenas se volvió más intensa y cada noticia del frente se interpretó con un grado mayor de inquietud. La guerra dejaba de ser percibida como una suma de episodios y pasaba a entenderse como un fenómeno capaz de borrar del mapa una ciudad entera.
En ese sentido, Guernica funcionó como un espejo anticipado para Madrid. No porque la capital no hubiera sufrido ya los efectos de la guerra, sino porque mostró con claridad hasta dónde podía llegar. Lo que en Madrid era hasta entonces una amenaza constante pero intermitente se reveló como una posibilidad de destrucción total.
La vida continuó, porque no había alternativa. Pero la conciencia con la que se vivía esa vida ya no era la misma. Guernica no fue solo una tragedia localizada en el norte. Fue el momento en que ciudades como Madrid entendieron que la guerra había cambiado de escala y que sus límites, si es que existían, estaban a punto de desaparecer.