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Diario de una pesadilla (24bis)

viernes 17 de abril de 2020, 13:06h

Hoy con fallecidos y contagios en las estadísticas hay que empezar a pensar en la desescalada. La palabreja se las trae, pero todos entendemos que después de subir un “Himalaya” hay que descender. Según los montañeros, en los descensos, en la desescalada, es dónde se producen el mayor número de accidentes. Por lo tanto, la desescalada debe ser con mucha precaución porque podemos precipitarnos y volver hacia atrás.

El tema de los niños sigue siendo polémico. Hay quién cree como el vicepresidente Aguado que los niños deben empezar a salir una hora al día al menos. Muchos piensan que si no es así, tendrán problemas psicológicos en el futuro. Sin embargo, otras voces, como las del Servicio Epidemiológico de la Dirección General de Salud Pública de Madrid, desaconseja la flexibilización en las salidas de los más pequeños ante el riesgo de contagio por el coronavirus. Apelan desde esta dirección a la prudencia.

Eso con respecto a los niños, que son los menos afectados en esta crisis sanitaria aunque pueden ser transmisores. Imagínense con los mayores, las salidas “ni se las ve ni se las espera”, frase acuñada por Sabino Fernández Campos en otras circunstancias también graves pero de otra índole. A quién dice que a las personas de edad se les va a aconsejar que se queden en casa más tiempo que al resto. Está claro que las autoridades tienen miedo a esa segunda oleada de coronavirus anunciada. Menos mal, que los mayores, a diferencia de los niños, están acostumbrados a sacrificarse y han pasado tantas batallas, que ésta la llevan con una dignidad digna de ensalzar.

En julio jóvenes y mayores podrán salir del confinamiento. Todo hace pensar que así será si conseguimos aplacar la maldita curva de la pandemia. Aunque seguiremos con las precauciones a las que nos hemos acostumbrado, distancia de seguridad, lavado de manos, mascarillas…Esto será así y cuánto antes lo asimilemos mejor. Ya entre los amigos no decimos eso de “un beso fuerte”, ahora decimos: “bueno, ¡un codazo sonoro!”. Ya lo verbalizamos como algo nuestro, natural.

Hoy quiero acabar con los que ya han “desescalado”, los que ya están en la calle como el padre Gonzalo Gutiérrez que pasó de trabajar en el Vaticano a la Cañada Real hace seis años. El padre Gutiérrez está en el Barrio de San Juan de Dios y cada día reparte comida a las familias más necesitadas. Su día comienza descargando camiones y termina ayudando a estas familias en todos los sentidos. A algunos de sus miembros también les enseña a escribir y a otros les apoya con la palabra, haciendo más de psicólogo que de “pater”. No le ayuda nadie, ninguna gran institución me refiero. Son pequeñas empresas las que le están proporcionando el sustento para ya más de mil familias. Esto está pasando en Madrid. Este es el trabajo callado de otro héroe del que nadie habla. Acabo con una frase suya:”Tengo la mayor de las riquezas…ayudar a los pobres”. Amén.

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