www.madridiario.es

Las despedidas

Por Lidia López García
lunes 23 de marzo de 2026, 18:48h

Leo un ensayo que toma este mismo nombre. El mismo día que lo compré, bajé Gran Vía y nos paramos en Santo Domingo. Es una buena parada para despedirse del centro de Madrid, de su bullicio, bien comunicada para empezar ese “llegar a casa”.

Creo que es buena, porque es una de las paradas más “profundas” del metro y, en ese trayecto, antes de perderse en la multitud a uno le da tiempo a pensar en quién deja atrás.

Minutos antes, frente a los escalones de bajada, una pareja ya azotada por las canas se despide con un abrazo y un beso. Lo de las canas es importante, porque uno no esperaría, a esa edad, que cada uno se fuera a casa en un mundo que espera que tengamos hijos, nietos, que estemos viendo una película, leyendo un libro, haciendo… de todo menos estar en la boca del metro, despidiéndose.

Mientras debatimos sobre qué edad tienen, ella inicia la bajada. Baja lo suficientemente despacio como para que el tiempo se estire. A la izquierda, está él que no pierde de vista cada uno de sus pasos. Hasta que baja el último escalón y el metro hace de las suyas.

Llegan otros dos, y con la esperanza de ver repetirse la escena los miramos. Se besan, se abrazan y ella inicia la bajada. Dejo de mirarla porque esta vez él acelera el paso, con el suficiente alivio y con la sobrada prisa…

Hay despedidas para las que uno no está preparado. Como cuando llega la hora de irse de casa de tus padres, o cuando alargamos el tiempo con quien no queremos irnos (no, todavía). Para todos estos casos, nos hemos inventado el hasta…luego, pronto, mañana, la luna y vuelta. Como si cambiando la palabra acortáramos el tiempo de ausencia.

Hay despedidas raras. Con más o menos dosis de melancolía como la que dejan los domingos por la tarde. Las hay pensadas, como si fueran la última frase de un libro. Las hay involuntarias. También imposibles porque aunque se atrevieran a decirnos adiós, nos quedaríamos al lado. Las hay breves y demasiado largas. No me gustan las calladas. ¿Por qué no las haremos todas bonitas?

Lo bueno de las despedidas es que no las hacemos de verdad con los que sabemos que vamos a volver a ver.

Lo malo es que no sabemos cuándo son de verdad.

Avísame, cuando llegues.

Avísame, cuando vuelvas.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios