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No todo es blanco y negro, a veces hay grises

Por Francisco Naranjo Llanos
lunes 18 de mayo de 2026, 11:32h

No sé si alguna vez habéis participado activamente en debates sindicales o políticos. Si lo habéis hecho, sabéis que los sindicales a veces son duros; los políticos, aún más. Y si, además, esos debates terminan derivando en rupturas o escisiones, la tensión puede alcanzar niveles difíciles de imaginar. A mí me tocó vivirlo hace ya más de cuarenta años junto a muchos otros camaradas del Partido. Cuando entonces decimos el Partido, siempre nos referíamos al Partido Comunista de España.

Las fechas me bailan un poco, pero debió de ser en 1984, un par de años después de que Gerardo Iglesias sustituyera a Santiago Carrillo al frente del PCE y la nueva dirección apostara por la creación de Izquierda Unida, los debates internos eran auténticas batallas políticas. No se llego a las manos, -que yo recuerde- pero si se rompieron amistades.

Estábamos reunidos en una conferencia congresual del PCE madrileño, celebrada en un colegio mayor de San Fernando de Henares. Éramos alrededor de 500 delegados divididos, nunca mejor dicho, prácticamente por la mitad. Por un lado estaban los llamados “carrillistas”, seguidores de Santiago Carrillo; por otro, los “gerardistas”, afines a Gerardo Iglesias. Yo, en esa ocasión, estaba entre estos últimos.

Las votaciones eran de infarto: 51% frente a 49%, o al revés. Y, como era previsible, las primeras intervenciones ya dejaron claro que acabaríamos presentando dos candidaturas enfrentadas.

Recuerdo con absoluta claridad que Enrique Curiel, fallecido hace ya años, encabezaba la candidatura renovadora. El sistema electoral era por voto mayoritario; es decir que quien ganaba se llevaba todos los puestos de la candidatura. Creo recordar que se elegían por encima de treinta miembros para la dirección regional.

Tras dos días —y casi dos noches— de debates interminables, y muchas horas extras dedicadas a la “caza” de algún delegado despistado para convencerlo de cambiar de bando, llegó el momento decisivo. Eran alrededor de las cuatro de la tarde del segundo día y dentro del salón de actos hacía un calor insoportable.

Según las normas congresuales, una vez comenzaba la defensa de candidaturas las puertas se cerraban a cal y canto hasta la votación final. Nadie podía salir ni entrar. Si salías, te quedabas fuera y perdías el derecho a votar.

Pidieron la palabra más de cincuenta personas y apenas había noventa minutos disponibles, así que cada intervención duraba poco más de minuto y medio. La tensión era tal que, como suele decirse, se podía cortar el aire con una navaja. Y el aire, además, cada vez estaba más denso por el calor, el humo de los cigarros, las puertas cerradas y quinientas personas encerradas durante horas. Aquello olía a “humanidad” en el sentido más literal del término.

Hubo desmayos. Hubo lágrimas. Personas que había que sacar en camilla, algunas que se emocionaban en la tribuna y otras que lloraban desde sus asientos. Y aunque nadie lo decía abiertamente, todos intuíamos que la ruptura del partido estaba ya asomando por la puerta.

Los camaradas más veteranos y respetados —recuerdo a Simón Sánchez Montero, Serafín Aliaga o Carlos Elvira, todos ellos ya fallecidos hace bastantes años— hacían dramáticos llamamientos a la unidad. Pero nadie les hacía demasiado caso.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Después de más de treinta intervenciones solemnes, todas defendiendo a muerte las bondades propias y los errores ajenos, subió a la tribuna un compañero de nuestra candidatura: Ginés Pitalúa.

Todos esperábamos otro discurso político. Pero Ginés, muy serio, se arrancó a cantar:

"Ayer tarde yo cantaba
mientras mi niña dormía...

Y siguió:

...Qué bonita que es mi niña
qué bonita cuando duerme,

se parece a una amapola
entre los trigales verdes”

(La canción "Que bonita es mi niña" en la voz de Manolo Escobar).

Si hubierais visto el salón... Aquello fue un estallido: carcajadas, aplausos, gente doblada de risa. Durante minuto y medio desaparecieron las tensiones, los porcentajes, los bandos y los futuros enfrentamientos. Fue, de largo, la intervención más aplaudida del congreso.

Y, sobre todo, nos relajó.

De verdad, verdadera.

Después llegó la votación. Perdimos los renovadores, por el habitual 51% frente al 49%, de las votaciones anteriores. Los vencedores de la lista encabezada por el carrillista Adolfo Piñedo, tuvieron el detalle de incluir a uno de los geraldistas, Pedro Díaz, alcalde de Arganda (Madrid), entre los más de treinta miembros de la ejecutiva, para que los derrotados pudiéramos valorar la generosidad de los ganadores.

Por cierto, quienes ganaron aquella conferencia terminaron consumando la escisión del PCE en 1985, pues al ser expulsados, crearon otro partido – Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista (PTE-UC)- y tras varios fracasos electorales, la mayoría acabo en 1991 aterrizando en el PSOE. Aunque también debo reconocer que años después bastantes de los renovadores realizaron el mismo recorrido, Enrique Curiel incluido.

Aclaro que cuento estas anécdotas sin acritud ni ánimo de revancha. A estas alturas ni siquiera tengo claro quién llevaba razón entonces. Me limito a recordar lo que viví intensamente de cerca, muy de cerca.

Pero aquella conferencia sí me enseñó algo importante: desde entonces nunca me he tomado ningún debate político, sindical, vecinal, o personal, tan a pecho.

Uno debe defender sus ideas con convicción, argumenta lo mejor que puede y punto. Si sale adelante tu propuesta, estupendo. Y si no, otra vez será.

Con los años he llegado a una conclusión sencilla: la verdad absoluta no existe. Antes creía que sí, que “mi verdad” siempre tenía razón. Ahora sé que la vida es bastante más compleja.

No todo es blanco o negro. Entre medias hay muchos grises. Y, a veces, incluso algún arcoíris

Francisco Naranjo Llanos

Exdirector de la Fundación Abogados de Atocha y sindicalista de CCOO

Nació en Esparragalejo en 1946 y realizó estudios de Oficialía Industrial en Mérida (Extremadura). Toda su vida laboral, más de 40 años, la realizo en RENFE. En lo sindical, aun en clandestinidad, fue cofundador del Pleno de Representantes Ferroviarios, órgano unitario de representación en el ferrocarril. A partir de 1978, ya en democracia, ha sido responsable de comunicación del sector ferroviario de CCOO y de su órgano de información, Carril; de la revista FTC, de la Federación de Transportes y Comunicaciones, de Unidad Obrera y Madrid Sindical de CCOO de Madrid. Es autor de los libros: La comunicación sociolaboral, Crónicas desde el gueto, Los carriles de la vida y El pasado es la linterna del futuro, así como de numerosos artículos de opinión publicados en los principales medios. Durante varios años fue colaborador de la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense. Es patrono de la Fundación Abogados de Atocha, desde su creación en 2004, siendo su director desde 2013 a 2024. En Madridiario, es columnista habitual desde 2015.

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