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Mi huelga contra los sindicatos

Mi huelga contra los sindicatos

Por Antonio R. Naranjo
martes 06 de febrero de 2007, 00:00h
 

No está la Comunidad de Madrid para huelgas generales, un recurso reservado para situaciones de excepción que ni de lejos se perciben, pero mucho menos en la Administración: cuando los sindicatos centran en ese ámbito su llamada, y cuando eximen de su atención a dos sectores tan sensibles para el ciudadano como la Sanidad y la Educación, se están reconociendo dos certezas: de un lado, el carácter estrictamente partidista –ya están bien de confundir la política con las siglas- de la convocatoria; de otro la debilidad para convencer al ciudadano y al trabajador corrientes, para lo cual se centran las energías en aquellos ámbitos más proclives, por no decir rehenes, a la llamada sindical, a quien deben en general un sistema laboral privilegiado que prescinde de la productividad y la eficacia inherentes al mercado de trabajo de esa humanidad que paga, sin embargo, todas las rondas.

No seré yo quien niegue a cualquiera, sindicalista o no, la posibilidad de utilizar herramientas previstas por la democracia para obtener un fin que también goza de una protección constitucional, por improcedentes o injustificados que me parezcan:el límite no lo pone el medio, pues, sino la perversión del fin y la infumable cobertura de mentiras que lo envuelve. En otras palabras, si al impetuoso José Ricardo Martínez y al hiperactivo Javier López les apetece ayudar a la izquierda a derrocar democráticamente a Esperanza Aguirre, de gratis o no, tienen derecho a hacerlo: lo que no se puede es pretender, a la vez, que no se note la impostura argumental que impulsa su estrategia ni se les reproche lo que están dispuestos a llevarse por delante para lograrlo.

Lo malo de los sindicatos no es que compartan, estimulen o incluso lideren una estrategia electoral determinada, aunque a algunos eso nos parezca un error, un exceso y una perversión; sino que además exijan que en el viaje se les siga considerando lo que voluntariamente han dejado de ser. Hace mucho que las centrales no representan a los ciudadanos, si acaso alguna vez lo hicieron más allá de la glorificada Transición;  hace algo menos que tampoco  encarnan las expectativas del conjunto de los trabajadores; y a lo que se ve ahora ya ni siquiera está claro que actúen en nombre de sus afiliados, que es para lo que han quedado, con una diferencia abismal entre cómo lo hacen en la empresa privada, donde son útiles y necesarios, o en la pública, donde el saqueo entendido como una participación en los recursos pero una indiferencia hacia los resultados se ha convertido en el principal peligro para la viabilidad de los propios servicios públicos que otorga razón a quienes buscan la eficacia, por convicción o por necesidad, a través de las privatizaciones.

No me rebela, en fin, que apuesten por un color político determinado, sino que lo hagan arteramente en nombre de unos valores colectivos, apelando al conjunto de la ciudadanía, arrogándose un papel que no les corresponde y envileciendo la realidad que nos rodea para dramatizar el contexto y acercarse a su objetivo a cualquier precio. Comprendo bien que si CC.OO y UGT dijeran que simplemente prefieren que en Madrid gobiernen PSOE e IU, objetivando las críticas al PP que obviamente puede hacérsele, buena parte de su montaje se desvanecería, pero ajustar las respuestas y la tensión a la realidad circundante es una buena manera de comportarse en el terreno público si lo que mueve, de verdad, es el interés general y un sentido ético de la propia responsabilidad.

Claro que decirle a la gente la verdad, permitiendo que reflexione sobre ella libremente, es tan saludable para el juego democrático como quizá infausto para el interés de parte. Que al menos quede claro que estos sindicatos le tratan a usted, seguidor o no del PP o del PSOE pero en todo caso dotado de aparato cognitivo desarrollado, como el Groucho Marx que en una de sus famosas películas tenía el impudor de preguntar al respetable: “¿A quién va a creer usted? ¿A mí o a sus propios ojos?”

 Cuento con que, por escribir estas líneas, los argumentos sean replicados con juicios personales, pues me consta que la máquina de expender certificados de demócrata, progresista, radical o extremo está engrasada y a pleno rendimiento, pero ése es un precio bien sencillo de pagar si una sola persona se concede a sí mismo la posibilidad de superar las soflamas y  adentrarse en esa Arcadia maravillosa que es el sentido común, donde caben las críticas por supuesto, bailan libres las ideas; reinan los datos sobre los eslóganes, se pone un candado a los prejuicios, las creencias dogmáticas, y las meras falsedades y se juzga a la gente por lo que hace y no por lo que dice ser. Hay que ponerse en huelga general sí, pero contra estos sindicatos.

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