lunes 18 de agosto de 2008, 00:00h
Actualizado: 21/08/2008 17:34h
Nadie se marcha de su casa, deja a su familia y la seguridad de lo conocido, por una incógnita con un bonito nombre. Por esto, tan humano, es por lo que cuesta tanto entender esa riada humana que, con la llegada del buen tiempo, se lanza a un futuro muy incierto en una aventura peligrosísima que sólo se explica desde la imperiosa necesidad de sobrevivir. Sólo en agosto, han llegado a Canarias 618 inmigrantes en pateras; desde enero, 4.557. Eso, sin contar los que “desembarcan” en diferentes puntos del litoral peninsular.
A ojos europeos, la situación en que viven muchos de estos inmigrantes, una vez asentados en nuestro país, no tiene ningún atractivo: residiendo de forma ilegal –con el peligro cierto de que la Policía los encuentre y expulse-, muchas veces hacinados por docenas en un mismo piso –si hay suerte- o bajo un puente, sin trabajo fijo, sobreviviendo de lo que se puede y siempre al borde de la marginalidad. Pero es evidente que ellos lo ven con otra perspectiva: proceden en ocasiones de países asolados por guerras internas sangrientas, de naciones sin presente y sin futuro, y donde su marcha a Europa supone una posibilidad –en ocasiones, la única¬- no sólo para ellos sino también para sus familias.
Más de una vez se ha propuesto la necesidad –casi una obligación moral- de poner en marcha un “Plan Marshall” para África, un continente rico en materias primas sobreexplotadas por sus colonizadores europeos, abandonado a su suerte cuando no se ha podido sacar más en claro, desangrado en batallas cruentas que diezman a sus jóvenes y embarrancado, en muchas ocasiones, en luchas de poder internas más o menos fomentadas desde fuera por intereses económicos, comerciales, políticos o por una mezcla de todos ellos. Quizá esa fórmula –ayudar a estos países a avanzar, progresar, crear riqueza y un futuro para sus ciudadanos- sea la única para evitar que siga ese letal flujo de vidas que se cortan en el intento de alcanzar un pretendido paraíso.