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En el centro de la imagen, Bea, de 30 años, en una asamblea de la AV Alto del Arenal
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En el centro de la imagen, Bea, de 30 años, en una asamblea de la AV Alto del Arenal (Foto: AV Alto del Arenal)

Jóvenes frente al envejecimiento del movimiento vecinal: "El reto es mantener la llama viva"

Por Hugo García Reina
domingo 14 de diciembre de 2025, 09:00h
Actualizado: 26/12/2025 08:25h

Basta consultar un par de archivos para advertir el fenómeno: Carabanchel, mayo de 1978: las imágenes muestra a cientos de vecinos congregados para pedir la construcción del Parque de las Cruces y la Casa de la Cultura. En otra, fechada el 29 de abril de 1977, en Vallecas, se ve a otros tantos vecinos exigir mejoras urbanísticas y vivienda digna. Como estas, un puñado de ejemplos similares en estos barrios y los de alrededor.

Vistas hoy, no llama tanto la atención la naturaleza de las exigencias –vivienda, servicios públicos, infraestructura…– sino el seguimiento y, sobre todo, el protagonismo de la juventud del barrio. El movimiento vecinal madrileño, como advirtió hace unos días el presidente de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), Jorge Nacarino, en una entrevista para Europa Press, sufre un “envejecimiento preocupante”, especialmente en los distritos del sur.

Los motivos, el “desgaste, apatía y agotamiento” entre activistas y asociaciones fruto de la “falta de avances en políticas de reequilibrio territorial”, en palabras de Nacarino. Pero también el envejecimiento demográfico, la incapacidad de compromiso provocada por los horarios laborales, el desarraigo territorial, o las dificultades para integrar a la población de origen extranjero en la lucha vecinal. El asociacionismo carece de relevo generacional: no es fácil que los jóvenes protagonicen movilizaciones eminentemente comunitarias, y menos aún que tengan una participación relevante en las asambleas vecinales, sostenidas generalmente en bastones y barbas canas.

Elena, de 74 años, miembro de la AV Comillas (Carabanchel), cree que la principal razón tiene que ver con las condiciones de vida actuales: “Con trabajos, estudios, familia, se hace más difícil que los que los jóvenes puedan participar de manera más activa en el movimiento vecinal en los barrios en los que viven. Cada vez tienen horarios más dispares y si ya tienen familia, es todavía más difícil de conciliar esa vida personal y profesional”.

Pero también hay excepciones, aunque sólo sean las que confirman la regla. Cristina, de 30 años, es la presidenta de la AV de Lucero (Latina), aunque reconoce que el escenario de su asociación “es poco común en lo que respecta al movimiento vecinal”. En la AV Lucero, cuenta Cristina a Madridiario, “tenemos un grupo de jóvenes, con agenda propia, que nos ayuda siempre que pedimos colaboración para sacar las cosas adelante”, pero “es verdad que quizá en nuestras reuniones de la junta directiva tengamos participación mayoritariamente de gente más mayor”.

“Muchas asociaciones se perciben como espacios envejecidos, poco abiertos a nuevas ideas"

Un caso similar es el de la asociación vecinal Alto del Arenal (Puente de Vallecas). Bea, también de 30 años, había participado en movimientos estudiantiles durante su etapa universitaria y cuando acabó la carrera llegó a la asociación a través de unos amigos: “Tengo esa convicción de que participar de lo que nos rodea es importante”. “En su momento había una comisión de jóvenes (hoy integrada en la junta)”, pero, igual que Cristina, es consciente de que la situación de su asociación “no es lo representativo”.

Asamblea vecinal de la AV Alto del Arenal

De hecho, este colectivo vecinal no es el más cercano a la casa de Bea, que prefirió desplazarse un poco para buscar una en la que hubiera otros jóvenes. El problema se ve también afectado por un círculo vicioso: cuantos menos participación juvenil hay en el movimiento vecinal, más difícil es atraerla. En este sentido, Cristina añade que “muchas asociaciones se perciben como espacios envejecidos, poco abiertos a nuevas ideas o con dinámicas heredadas que cuesta cambiar”.

Las condiciones de vida: precariedad, vivienda y desarraigo

Tanto Bea como Cristina coinciden con Elena en que las condiciones de vida juegan un papel importante en la desmovilización. Primero, la cuestión de la vivienda: “Los jóvenes quizá sean algún día el relevo si se les permite quedarse en el barrio, cosa que a día de hoy pinta complicada”, apunta Cristina. “Miramos alrededor y sabemos que nuestro escenario es completamente diferente, incluso aquí en nuestro distrito. Lucero siempre ha sido un barrio con gran actividad social y política y creo que es uno de los factores fundamentales para haber mantenido ese músculo social que las asociaciones vecinales necesitan”.

“Los jóvenes quizá sean algún día el relevo si se les permite quedarse en el barrio"

La precariedad, los constantes cambios de residencia –hoy, muchos jóvenes ni siquiera aspiran a adquirir una vivienda en propiedad–, también fomentan cierto desarraigo territorial. “Resulta que uno es de Alcorcón, pero ahora vive en Villaverde, que es donde se ha podido permitir un alquiler, trabaja en Latina y para tomar algo va al centro porque ha quedado con los de la uni”, cuenta Bea a modo de ejemplo extrapolable. “Lo cercano siempre facilita y es verdad que estamos muy disgregados. Muy poca gente queda con sus amigos donde vive y vive cerca de donde trabaja”.

Otras formas de participación: redes sociales y causas concretas

A todo esto, o quizá en parte como consecuencia de ello, se suma el hecho de que la juventud prefiere movilizarse por causas concretas y con impacto visible más que integrarse en organizaciones permanentes. “Cuando los proyectos son ilusionantes, creativos y con resultados visibles, los jóvenes se movilizan: tenemos ejemplos como el movimiento feminista, vivienda, cambio climatico…”, sostiene Cristina.

Desde luego, el mercado del activismo es cada vez más amplio, cosa que conduce a una fragmentación que también distingue Bea: “Hay un montón de gente que participa del movimiento estudiantil, que hace voluntariado en protectoras de animales o se centra en el movimiento ecologista. Hay tantas opciones…”.

"La forma de participación presencial es fundamental”

Pero no sólo se ha reestructurado el activismo en base a causas concretas, sino que inevitablemente ha cambiado la forma de defenderlas. Elena, la veterana presidenta de la AV Comillas, opina que los jóvenes “pueden sentirse más atraídos por efectos inmediatos, como puede ser en las redes sociales, donde el esfuerzo es mínimo para pronunciarse y tener una opinión”. Pero sin desdeñar las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, defiende que en el movimiento vecinal la forma de participación presencial es fundamental”.

Fiestas Populares de Lucero 2025 (Jaime Morón / AV Lucero)

De nuevo, Cristina encuentra una explicación a esta tendencia en las formas de vida propias de la juventud actual: “Los formatos tradicionales de las asociaciones con reuniones largas, a veces poco productivas y poca visibilidad del impacto no son interesantes para crear rutina. Los ritmos de vida que se nos imponen no facilitan el tiempo que se necesita para participar”.

Una situación quizás inevitable pero que provoca una disminución del compromiso real con la causa. “Muchas personas están en el grupo de difusión o se unen a una actividad un fin de semana, pero siempre desde formas de participación un poquito más satelitales”, describe Bea. “Para la gente es más sencillo comprometerse a ir a una movilización este sábado porque es algo puntual, que comprometerse a algo que implica un compromiso cotidiano”.

El gran desafío: integrar a los vecinos de origen extranjero

La transformación demográfica también aparece como una de las causas del fenómeno. No sólo el envejecimiento de los barrios, también el hecho de que el creciente número de vecinos de origen extranjero –que, de hecho, representa un porcentaje importante de jóvenes o adultos menores de 65 años– no participe del asociacionismo vecinal. No en vano, el presidente de la FRAVM, Jorge Nacarino, lo considera uno de los grandes desafíos del movimiento vecinal “Queremos que también sean vecinos y que, como cualquier otro, se sumen a esa reivindicación y a ese trabajo comunitario que se hace en las asociaciones”, declaró a Europa Press.

“Generan sus propias redes de apoyo espacios culturales"

Tanto Cristina como Bea, confirman que la AV Lucero y la AV Alto del Arenal trabajan de alguna forma con población migrante, pero ninguna de las dos cuenta con participación activa de este segmento vecinal. En primer lugar, influye el hecho de que muchos de ellos tienden a juntarse con sus compatriotas: “Generan sus propias redes de apoyo espacios culturales, por lo que no identifican el movimiento vecinal tradicional como su lugar natural”, explica Cristina.

A esto, añade Bea, hay ciertos perfiles que se interesan más por lo que pueden pedir, no por lo que pueden dar”. Una cuestión que, en ocasiones, se explica porque “las personas migrantes se enfrentan a realidad mucho más complejas que las personas nativas: horarios laborales muy duros y precarios que impiden acudir a reuniones; miedo a la burocracia o a la exposición pública; barreras idiomáticas; y la sensación de que estos espacios están muy “cerrados”, dominados por personas de larga trayectoria y con dinámicas que no siempre resultan acogedoras para recién llegados”, en opinión de Cristina.

En cualquier caso, ambas coinciden en que se trata de una “tarea pendiente”. “Yo pienso que algo estamos haciendo mal. No es que sea cosa de sus culturas, es que no estamos llegando a ellos”, reflexiona Bea.

Frente al desencanto, "mantener la llama viva"

La realidad demográfica y sociocultural de Madrid ha cambiado. Y esta transformación ha tenido múltiples incidencias en las dinámicas de la ciudad, incluida la que tiene que ver con el activismo vecinal.

Las asociaciones son conscientes de que existe una sensación de desencanto que aleja a muchas personas de sumarse al movimiento vecinal, pero recalcan la “necesidad de seguir peleando”. Bea explica que “lo que tiene que comprender la gente es que sí sirve, o que por lo menos lo tenemos que intentar. Aunque no te metas en un proyecto que sea súper transgresor o revolucionario, aunque sólo sea por generar redes de apoyo entre vecinas, generar implicación y conciencia, que como vivencia personal, es precioso y aporta un montón”.

“Los movimientos vecinales son proyectos a largo plazo y el hecho de no ver resultados a corto plazo es, a veces, muy desmotivador. Hay que tener en mente que muchas veces el reto es mantener la llama viva”, concluye Cristina.

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