El Proyecto Zarza se ha consolidado como un instrumento eficaz para acercar nuestro género lírico a los espectadores más jóvenes. La actual directora del Teatro de la Zarzuela, Isamay Benavente, mantiene este proyecto que ahora estrena la producción nueva de La Gran Vía.
Esta joya del género chico se estrenó el 2 de julio de 1886 en el teatro Felipe (Ducazdal), uno de los barracones desmontables que se instalaban en el paseo del Prado para hacer la temporada estival. El Felipe estuvo en la esquina del actual Palacio de Cibeles. El éxito de la obra de Chueca y Valverde, con libro de Felipe Pérez, fue inmediato. Aguantó todo el verano en aquel recinto y con la llega del otoño se traslado al Apolo de la calle Alcalá, donde continuó cosechando llenos. Ciento cuarenta años después, La Gran Vía sigue despertando el mismo entusiasmo.
Los autores fueron auténticos visionarios. Estrenaron su humorada 24 años antes de que se diera el primer golpe de piqueta para la construcción de la gran avenida. Es verdad que en el año del estreno, ya se hablaba de llevarla a cabo, con un proyecto del arquitecto Carlos Velasco, el mismo que proyectó el teatro de Lara. Los artistas se adelantaron a los políticos casi un cuarto de siglo.
Al escenario veraniego sacaron a las calles más céntricas y perjudicadas por los planes urbanísticos: la de la Reina, la de Sevilla, la de las Infantas… Una de las más singulares es la del Caballero de Gracia, que tiene un vals muy conocido. Todas muestran su preocupación por las futuras obras. Pero los autores también sacaron a unos personajes populares que se incorporaron a la iconografía madrileña, sobre todo la Menegilda, la criada que, en un tango, cuenta cómo aprendió a sisar. Los que más han sorprendido siempre, sobre todo a los foráneos, son los ratas (rateros) que cantan una espléndida jota. Siempre se cuenta que un día robaron a Chueca la cartera. Los rateros, al ver la identidad de la víctima, se la devolvieron inmediatamente, con intereses por el dinero robado, como agradecimiento por haberlos sacado a escena.
La imaginación es desbordante, pues llega a aparecer una tropa de marineros, porque Madrid va a tener hasta mar.
El director Adolfo Marsillach devolvió el esplendor a esta zarzuela en un acto con un espléndido montaje, estrenado en el teatro de la Zarzuela el año 1984, con maravilloso vestuario y escenografía de Cytrynowski.
Para este montaje interpretado por artistas jóvenes, para jóvenes espectadores, se ha elegido a Enrique Viana como adaptador y director de escena. Ha metido mano al texto con descaro introduciendo al personaje de la Inteligencia Artificial, confundido constantemente por los modismos madrileños. Y alude a los pisos turísticos, a los atascos, a los numerosos hoteles, a la contaminación lumínica y acústica. En definitiva, a una Gran Vía que nada tiene que ver con la de hace un siglo, salvo en su monumentalidad y popularidad nacional e internacional.
El director de la Joven Orquesta Nacional de España, Néstor Bayona también se ha encargado de modernas orquestaciones. Por cierto, esta orquesta la componen catorce jóvenes instrumentistas.
El numeroso elenco realiza un gran trabajo lírico y actoral. De entrada, los chicos visten de mujer en muchos de los números (la mano de Viana…) y hasta se encargan de algún movimiento escenográfico. En el reparto figuran Rosa María Abella, Lucía Beltrán, Arantxa Cooper, Albert Díaz, Marina Fita, Yasmín Forastiero, Iago García Rojas, Rosa Gomáriz, Iría Goti, Luis Maesso, Alicia Moreno Royo, Álex Parra, Nacho Quiñonero, Adrián Quiñones, Andrea Rey, Miguel Ángel Roldán, Miriam Silva, Marcelo Solís, Rodrigo Turégano y Nacho Zorrilla. La escenografía es de Carmen Castañón y el vestuario de Gabriela Salaverri.
De
La Gran Vía se van a ofrecer
representaciones vespertinas para todo el público los días 7, 8 y 14 de marzo. Habrá funciones matinales para escolares los días 10, 11, 12, 13 y 14 de marzo. El precio para estas funciones es de 6 euros.