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Los ídolos nunca mueren

Por Fernando González
jueves 21 de enero de 2016, 11:45h
Quedábamos en la Plaza de la República Dominicana, el lugar más equidistante de nuestras casas, campamento base y punto de partida de las caminatas domingueras al Estadio de Chamartín. Reunidos en pandilla alborozada de forofos futboleros, abrigados y embozados en invierno, con visera y alpargatas en verano, caminábamos a buen paso por alguna de las pocas calles urbanizadas que terminaban en el coliseo madridista. Mediados los años sesenta del siglo pasado, aquel grupo de amigos apenas había rebasado la frontera que separa la niñez de la adolescencia.

Superados los descampados y despoblados que por entonces caracterizaban al barrio, desde los altos del Paseo de la Habana, sin perder la vereda que rodeaba el Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios, nos incorporábamos a las corrientes humanas que desembocaban en la Avenida de Concha Espina. Una vez allí, a la sombra del imponente graderío del Fondo Sur, varados en una isleta inverosímil, rodeados por una multitud en movimiento, mirábamos orgullosos el espectáculo que engalanaba toda la zona. Jugaba nuestro Real Madrid.

En las aceras se asentaban, como hoy en día, los puestos ambulantes de banderas, bufandas, gorros, cartelones y todo tipo de artículos adornados con el escudo del equipo blanco. Elevándose sobre las cabezas de la concurrencia destacaban los agentes a caballo de la Policía Armada. Apostados en los cruces, uniformados de azul marino, los municipales trataban de ordenar el ir y venir del gentío. En algunas ocasiones, pocas en realidad, los guardias urbanos retenían a los vendedores clandestinos de entradas y paraban a los descuideros con pinta de carteristas.

Decenas de autocares, procedentes de todo Madrid y de sus pueblos colindantes, desembarcaban a centenares de aficionados merengues. Cuando el partido terminaba, sus conductores pregonaban los trayectos de vuelta: ¡Al Puente de Vallecas, a Carabanchel Alto, al Paseo de Extremadura, a Leganés…! Mis amigos y yo, encantados con el espectáculo que se desarrollaba por todas partes, retomábamos la marcha. Había que elegir la procesión que nos acercara a las puertas del recinto.

Ya dentro, hasta alcanzar alguna de las escaleras que subían al primer anfiteatro, transitábamos por largos pasillos de hormigón grisáceo y descarnado, abiertos al exterior, salpicados de montoneras de almohadillas y pequeños bares donde se vendían cafés, refrescos y chupitos de anís y brandy. Por el vomitorio acostumbrado nos presentábamos en las gradas. Siempre nos sorprendía la luz cegadora de la tarde, el olor a hierba húmeda y recién cortada, las nubes de humo que flotaban en el aire y el murmullo de miles de conversaciones entrecruzadas.

Conquistado el hueco necesario, nos acoplábamos en el lateral que nos correspondía, dispuestos a permanecer más de dos horas en píe, aguantando los empujones del vecino y las avalanchas del personal más agresivo. Por el tapiz verde desfilaba ya aquel equipo yé-yé que ganó la Sexta Copa de Europa. Araquistáin, Pachín, De Felipe, Sanchís, Pirri, Zoco, Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento. Nosotros idolatrábamos a Manolo Velázquez: rubio, espigado, elegante, con pinta de galán de cine, técnico y jugón. Un adelantado a su tiempo, que jugaba entre líneas y rompía las defensas con sus pases filtrados. Velázquez y el bueno de Luís Suárez han sido los mejores 10 que ha producido el futbol español. Velázquez acaba de morirse y su recuerdo ha inspirado la historia que acabo de contarles. Descanse en paz.
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