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Valentía política

jueves 12 de noviembre de 2015, 11:38h
El Ayuntamiento de Madrid ha aplicado el protocolo de calidad del aire ante episodios de alta contaminación y ha puesto en marcha medidas correctoras. En concreto, ha reducido la velocidad en la M-30. Y lo ha hecho un gobierno de izquierdas (el de Manuela Carmena) con una medida implantada por un gobierno de derechas (el protocolo de calidad del aire que implantó Ana Botella -el aprobado por Ahora Madrid está en período de alegaciones- y que no llegó a aplicar). Para empezar, olé por las decisiones políticas valientes. Porque el medio ambiente debe estar por encima del debate ideológico.

No es cierto, como dijo Botella, que el medio ambiente esté al servicio del hombre. Ni siquiera lo es que tenga que responder a criterios económicos. La naturaleza tiene sus propias leyes que no responden ni al dictado de los mercados, ni al liberalismo, ni a ninguna filosofía humana. Sobre todo, cuando, por ahora, la Tierra es el único hogar que tenemos. Cuando se habla de desarrollo sostenible se habla de conciliar la economía con el carácter finito de la naturaleza, y aplicar procesos, culturas y tecnologías que aboguen porque coexistan ambos elementos y se procure un estado vital sostenible, aunque eso suponga tenernos que privar de algunas comodidades (sobre todo, en un planeta en el que muchos países exigen a gritos las conquistas materiales y sociales del primer mundo, y los recursos se van a convertir, más si cabe, en un bien escaso). En el caso que tratamos, hay que entender que, si es necesario, hay que bloquear el paso a la ciudad, si con eso hacemos un espacio más vivible y menos peligroso para la salud. No por aversión al desarrollo económico, sino porque hay que poner por delante a las personas, y porque el efecto de la contaminación y el impacto sobre el medio ambiente, aunque invisible a corto plazo, tiene unos costes económicos y sociales brutales y, a menudo, irreversibles.

Y no faltarán quienes se exalten y vociferen en contra de la medida aplicada por Manuela Carmena e Inés Sabanés (a mi juicio, la primera en toda la legislatura que demuestra verdadera talla política) porque tienen el derecho a utilizar su vehículo privado y a tener una movilidad exenta de atascos. Es mi opinión, pero deberíamos desterrar el concepto de que el que paga puede contaminar. En esto hay que ser tajante. Hay que pensar que, ni pagando, uno debe contaminar. Así de simple. Por las generaciones futuras, pero también por las presentes. Esto es, sobre todo, aplicable al millón de vehículos foráneos que, cada día, entran en la capital de los que tanto se quejaba Alberto Ruiz-Gallardón cuando era alcalde ante los sucesivos ministros de Fomento del PP y el PSOE.

En un nivel práctico, Madrid, como espacio metropolitano, debe empezar a aplicar las medidas planteadas por los excelentes técnicos del Consorcio Regional de Transportes y la Empresa Municipal de Transportes de Madrid. El anillo de intercambiadores de transportes en la capital se ha implantado con éxito y es un conjunto de contenedores de movilidad clave a la hora de distribuir a viajeros por la ciudad. Apoyados por una fuerte red de Metro (que necesita como el comer una segunda circular y no tremendos errores cuya factura vamos a pagar durante medio siglo como son Metrosur, TFM y Metro Ligero), una potente red de autobuses urbanos (que necesita que se ponga en marcha el plan de líneas transversales), y un creciente desarrollo de las estaciones intermodales, puede romper la radialidad de una ciudad que cada vez más se mueve en red. En segundo término, que abarca a toda la región, es necesario sacar del cajón tres planes clave para la mejora de la movilidad regional (habida cuenta del movimiento demográfico masivo hacia la periferia que ha habido en los últimos veinte años). En primer lugar, un compromiso real por parte del Ministerio de Fomento por crear carriles bus-VAO en todas las carreteras de entrada a Madrid (el de la A-6 transporta en autobuses interurbanos tantos viajeros como todos los vehículos privados que circulan por el resto de carriles más el Cercanías) para incrementar la velocidad del transporte público y hacer poco interesante el uso del vehículo privado; recuperar el plan de intercambiadores comarcales como segundo anillo de movilidad intermodal, ligado a aparcamientos disuasorios, para que la movilidad exterior a la corona metropolitana no dependa del vehículo privado; y la apuesta definitiva por la red de Cercanías (en vez de utilizar el Metro como sustitutivo) y, sobre todo, por el autobús interurbano (por su menor coste de infraestructura y su capilaridad en el territorio), por su nivel tecnológico y su menor capacidad contaminante.

Si se consigue superar el discurso economicista y optar por otro que entienda el transporte, no como una herramienta electoral (y al coche como un objeto de uso arbitrario), sino como un instrumento de vertebración del territorio, es posible que se disuelva la boina de polución y se contribuya a tener, hoy y mañana, un Madrid mejor.
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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    413 | Roberto - 13/11/2015 @ 09:38:27 (GMT+1)
    Me ha encantado el artículo. Lo suscribo punto por punto. Hay que dejar los debates políticos y partidistas aparte, porque esto es un problema de salud que nos afecta a todos.

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