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Eso es todo, amigos

miércoles 31 de diciembre de 2014, 12:56h
Como en la famosa serie de dibujos animados, el año termina con ese sabor agridulce de lo pasado y el vértigo de lo que está por venir. Ha sido este 2014 una caja de sorpresas, donde hemos asistido a terribles sucesos como descubrir que el mal absoluto puede ser vecino de puerta, sentarse en un banco del parque y contemplar a nuestros hijos como el depredador a punto de saltar sobre su presa.

Hemos visto a una alcaldesa que llegó, tal como estaba previsto, y se fue antes de lo que se pensaba. Y quizá incluso sin que muchos lo hubieran calculado, aunque su mandato ha sido auténticamente "horribilis" en muchos sentidos, tanto externos como internos. Ana Botella llegó cargada de ilusiones, y se marcha sabiendo un poco más de la vida, de sí misma y de los demás.

Madrid, dicen, ha empezado a recuperarse, a salir de la crisis. Los llenos de cafeterías y restaurantes parecen atestiguarlo, aunque también siguen llenos los comedores sociales. La necesidad, disfrazada de muchas formas, se ha asentado entre nosotros, convirtiendo sueldos que hace cinco años eran de miseria en algo que agradecer y que -¡ay1- otros incluso envidian.

Por Madrid ha pasado el ébola. Afortunadamente, no para quedarse. Teresa Romero y su marido, Javier Limón, se hicieron famosos a su pesar, y con ellos el consejero de Sanidad -ya ex - al que algún despropósito verbal le costó el cargo. La sanidad pública demostró que, una vez más, puede con todo y la forman los mejores.

Buscando, buscando, Madrid comenzó a buscar a su mayor genio literario: Miguel de Cervantes, supuestamente enterrado en el convento de las Trinitarias del barrio de las Letras. Un equipo de científicos del máximo nivel se ha propuesto sacarle de allí y dejar acreditado dónde está el más famoso escritor en lengua española. Comenzaron este año y aún les queda lo más difícil: localizar sus restos y conseguir los permisos para examinarlos.

El último día del año siempre tiene algo de cosquilleo, de nostalgia y de ilusión. Nos empeñamos en cumplir rituales -ropa interior roja, comer lentejas- para llamar a la suerte, y en quemar -a veces literalmente- lo que queremos dejar atrás. Pero en realidad, lo que dejamos son jirones de vida, de la vida ya pasada, la que forma parte del recuerdo. Menos mal que por delante tenemos aún parte del lienzo en blanco

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