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Feliz día de la cooperante y el cooperante

lunes 08 de septiembre de 2014, 14:34h

El 8 de septiembre del año 2000 se firmó la Declaración del Milenio en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, donde 189 países, entre ellos España, se marcaron objetivos tan dignos y necesarios como erradicar la pobreza extrema y el hambre de miles de millones de seres humanos que carecen de comida, educación y sanidad, y que son tratados como ganado y mano de obra barata y desconocen qué son y para qué sirven los derechos humanos.

Se marcaron el año 2015 para hacer balance de sus logros y del número de hambrientos que dejarían la lista de pobres extremos e hicieron buenos propósitos de destinar el 0,7% del PIB a los países en vías de desarrollo. No sé si darán la cara los gobernantes españoles actuales a la hora de exponer que en 2014 se ha bajado al 0,14% de nuestra riqueza nacional el porcentaje de ayuda a los más necesitados.

Desde 2006, el 8 de septiembre se celebra el Día del Cooperante, haciéndolo coincidir con la fecha de la Declaración del Milenio, para reconocer el trabajo de los cientos de españoles que trabajan en las zonas más desfavorecidas del mundo ayudando a los sin nada, y ellos, sin nada más que buenas palabras de los gobernantes que firman con letra bonita en bellos documentos que no cumplen y olvidan más de la cuenta cuando hay crisis económica. Dicen que el objetivo de esta celebración es hacer un reconocimiento público del trabajo de los cooperantes, y la difusión de los valores que representan en la lucha por la erradicación de la pobreza. Palabrería, un acto más en su agenda y una gran falta de respeto a los cooperantes en terreno y a los que desde aquí contribuyen a que el acercamiento a los pobres y a sus necesidades no sea una relación vertical sino horizontal, aprendiendo unos y otros de las experiencias de ambos. En 2014 se destinarán a estos fines poco más de 1.800 millones de euros, el 0,17% del PIB. La mayor aportación se produjo en 2009, con un 0,46% de la riqueza nacional para Ayuda al Desarrollo. Eran tiempos de vino y gloria, cuando los gobernantes españoles presumían en público y decían que España estaba a la cabeza del mundo en riqueza, derechos humanos y sabiduría. La Ayuda al Desarrollo tuvo sus mejores momentos y unos buenos miles de millones para hacer cosas positivas para reducir las alarmantes cifras de pobres y hambrientos. Los cooperantes se sintieron contentos porque el dinero fluía y los proyectos crecían, pero los que mandaban, que incluyeron esta 'asignatura' entre sus estudios, nunca dejaron de considerarla una 'maría', aquella que aparece porque no queda más remedio pero no es evaluable ni sirve para suspender. Creció el interés en ayuntamientos y comunidades y empezaron a florecer los 'expertos' en Cooperación y nuevas ONGs ligadas a los partidos políticos, a los sindicatos, a los empresarios. Todos vivían del presupuesto público y sus proyectos avanzaban o retrocedían dependiendo del color del gobierno de turno, que siempre era más generoso con los complacientes amigos que con los incómodos amigos del adversario. Llegó la crisis y la Ayuda al Desarrollo no sólo perdió interés para los gobernantes que iniciaron la remontada a favor de los hambrientos sino también para los que ahora no sólo han pasado de estos 'asuntos de fuera' sino que lo que era una asignatura tan necesaria en la gobernabilidad aunque fuese una 'maría' ha dejado de aparecer en sus agendas políticas. Mientras más de 3.000 millones de personas en muchos lugares del planeta carecen de comida y varios miles de españoles se encuentran cerca de ellos para ayudarles a ser ciudadanos con derechos, el mejor reconocimiento a los cooperantes es agradecer lo que han hecho y hacen garantizando sus derechos laborales y poniendo a su disposición fondos necesarios para que llegue a los hambrientos parte de la riqueza obtenida gracias a los esfuerzos de todos. Además, incluyendo esta asignatura en su agenda, e igual que hay ministerios, consejerías o concejalías de esto y aquello, la Cooperación esté presente como de primera necesidad. La solidaridad en un mundo globalizado se aprende y se practica cuando se entiende. Lo que no se entiende es que lleguen con más facilidad a los lugares más pobres del mundo las armas que las vacunas o los libros. Las armas de los que arrasan pueblos y ciudades, y dejan miles de muertos a su paso para mantener ese sucio negocio, deben acallar su voz y dar paso a una conciencia solidaria que no vea natural la norma de que los mismos que bombardean, después de acabado su trabajo, organizan la reconstrucción y la ayuda al desarrollo.

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