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Canillas forever

lunes 19 de mayo de 2014, 23:37h

Un grupo de vecinos del barrio de Canillas, en Hortaleza, se han propuesto revivir lo que la piqueta, las remodelaciones y el paso del tiempo estaba a punto de hacer desaparecer: la esencia de sus calles, el aroma de otros tiempos que hace mucho ya no existen más que en nuestros recuerdos, a través de una exposición fotográfica hecha por vecinos y para los vecinos.

Si la patria del hombre es su infancia, como decía Rilke, la mía está todavía en las calles del poblado. Calles sin asfaltar en muchos casos, donde la basura se sacaba en el cubo, bien forrado de papel de periódico, se vaciaba en el contenedor y vuelta a casa. Donde los vecinos llamaban desde la cabina de la esquina, porque en muchas de las casas no había teléfono.

Donde una vez nevó y luego heló, y las calles estaban tan resbaladizas que los vecinos cruzaron unas cuerdas de pared a pared para poder transitar agarrándose a ellas. Donde en las noches calurosas de verano, muchos dormían en una hamaca en la calle, al menos hasta que a esod e las 3 de la madrugada se levantaba un poquito de aire.

Eran tiempos en que los chavales iban, como mucho, a los billares -sin que los padres se enteraran-, y los más atrevidos, al "Ciudi", el cine de Arturo Soria, cerrado hace algunos años -como tantas otras salas- por extinción.

Los bollos se compraban en la pastelería Saúl, otro histórico del barrio. Y en el mercado de Gomeznarro, que estaba lleno de perros sin collar y sin amo, había un paragüero que arreglaba todo lo que le llevaras.

El zapatero vivía en una casa baja de esa misma calle, y el taller compartía espacio con el salón-cocina donde, además, los niños hacían los deberes con el eterno olor del pegamento. Por las casas pasaban el telero, que vendía sábanas y otra lencería de hogar en cómodos plazos, el mielero, y el colchonero, que se las daba como nadie sacudiendo la lana en los soportales.

Los niños vivíamos en la calle, jugando al "guá", a las chapas con cromos de futbolistas -los más habilidosos hasta cortaban un cristal del tamaño adecuado y protegían así la cara de sus figuras-, a recortables, al rescate, a la goma, a la cuerda... Sólo nos interrumpía el grito de nuestra madre llamándonos a cenar.

Al principio llegaban sólo dos camionetas, la P-1 y la P-2. Luego ya se incorporaron los autobuses. Y mucho más tarde, llegó el Metro, transformando el barrio. Se hicieron los primeros "pisos nuevos" -los de Carril del Conde y Esperanza-, y el asfalto comenzó a ganarle espacio a los terraplenes. Y nosotros crecimos, igual que lo hacía el barrio.

Fue mi infancia, y en ella me reconozco. Ahora que han pasado tantos años y que la vida ha dado tantas vueltas, no puedo por menos que mirar con añoranza ese tiempo que fue y que recuerdo tan feliz. Por eso, no me voy a perder la exposición "Canillas, historia de un barrio" que estará abierta del 16 de mayo al 1 de junio en el Centro Cultural Carril del Conde (c/Carril del Conde, 57).

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