|
| 'El chico de la última fila' |
El chico de la última fila: reinventar la realidad
jueves 31 de octubre de 2013, 15:07h
En
2006 Helena Pimenta dirigió el primer montaje de 'El chico de la última fila',
un complejo texto de Juan Mayorga que vio de nuevo la luz en 2012. Esta última
producción, dirigida por Víctor Velasco, está en marcha desde hace más de un
año. Ahora le quedan pocos días de temporada en el teatro Galileo. No se la
pierdan.
Mayorga
ha escrito una obra en la que se entrelazan diversas miradas sobre el mundo de
la familia y de la sociedad burguesa. Hay un narrador, el chico de la última
fila, que va escribiendo ante el espectador un relato basado en una familia de
clase media, aparentemente feliz. Pero a través de su mirada -o de su
imaginación- descubrimos sus frustraciones cotidianas. El testigo, estimulado
por su profesor de literatura, debe encontrar su forma de escribir, de narrar y
resolver situaciones novelescas. Pero ¿es ficción lo que nos está contando el
adolescente Claudio?
Claudio es como el Visitante que destruía, en la película
Teorema, una familia consolidada. Es un agente extraño en un cuerpo aparentemente
sano. Su ingenuidad, su mansedumbre, son destructoras. Al final su propio
Pigmalión advertirá el poder devastador de esta mente, alejada de los
estereotipos adolescentes. El chico de la última fila mira, observa, estudia su
presa y, finalmente, se le lanza al cuello.
Más chocante resulta la reiteración del autor en su
parodia del arte contemporáneo. Quizá esos chistes sobre sobre obras absurdas
destinadas a personas superficiales quieran reflejar la vacuidad de una
sociedad relativamente bien acomodada, que busca señas de identidad que delaten
su bienestar. Y las encuentran en un arte incomprensible.
Oscar Nieto San José es el chico. Maestro de ceremonias
durante toda la acción. Perturbador, sigiloso como un reptil. Admirable
esfuerzo para un actor joven, obligado a llevar el mayor peso de una función
nada corta. Destaca también otro joven, Sergi Marzá, como Rafa, el compañero
adolescente del protagonista. Silencioso casi siempre, sumergido en una pecera
de la que asoma esporádicamente para dar rienda suelta a su rabia juvenil.
Víctor Velasco ha trazado una extraordinaria dirección
con tiralíneas. Mueve los personajes como las piezas de un ajedrez, con los
trayectos marcados para cada uno, con sus ataques y repliegues. Clarifica los
múltiples espacios de la acción con unas sillas, con unas lámparas de distintos
tamaños. Y tiene permanentemente atrapados a todos los personajes como en una
tela de araña, que los mantiene irremediablemente unidos.
'El chico de la fila de atrás' es un hermoso texto, un buen
trabajo de interpretación y una dirección excelente. No es teatro de carcajada,
sino de reflexión, de disfrutar con cada palabra, de interés por seguir cada
paso del perturbador protagonista para intentar adivinar a dónde nos llevará.