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Reinventarse Madrid

Por Fernando González
miércoles 18 de septiembre de 2013, 21:57h

Se ha esfumado el acicate que muchos esperábamos para vivir el renacimiento de nuestra ciudad. Ahora tendremos que apretar los dientes y tirar del carro sin la ayuda de los caballos olímpicos. La partida no se jugaba en las calles luminosas de nuestra pequeña patria doméstica, donde hubiéramos ganado por goleada, se disputaba en los despachos herméticos de los burócratas deportivos. En esas cabinas blindadas no cotizan la ilusión ciudadana ni el esfuerzo colectivo. Eran otros los intereses que se ventilaban y la geopolítica estratégica y el mercantilismo globalizado pudieron con el viejo espíritu del olimpismo.

Estamos acostumbrados a levantarnos del camastro de la historia para buscarnos la vida y nada nos pilla ya por sorpresa. Tampoco en esta ocasión. Madrid era un poblachón amurallado cuando se transformó en Villa y Corte por la voluntad de un emperador que cazaba en sus bosques. Se adecentó después para recibir a los Borbones que aquí se acomodaron y nuestras gentes tuvieron que prescindir de capas, embozos, navajas y tradiciones moriscas conservadas secularmente. Madrid se modernizó por la añoranza afrancesada que padecían los nuevos monarcas, dispuestos como estaban a reproducir en esta tierra la monumentalidad burguesa de la Francia imperial. El siglo de la revolución industrial desplegó Madrid, fuera de sus puertas de piedra, por los campos de labor. Aquella ampliación se trago los pueblecitos colindantes, trazó modernas avenidas, horadó el subsuelo para que por los túneles excavados circulara el metro y se adornó con teatros y verbenas. Los planes urbanísticos de entonces caracterizan todavía gran parte de nuestro entramado urbano.

Consumada la guerra civil y vencida la resistencia republicana de sus habitantes, Madrid sobrevivió a las gravísimas heridas de muerte, destrucción, miseria y represalias brutales que le provocó la contienda. La vida siguió latiendo en sus calles y plazas. El desarrollismo salvaje, impulsado después por los tecnócratas de Franco, atrajo a centenares de miles de españoles que escapaban del hambre y las privaciones. Madrid volvió a extenderse sobre poblados de chabolistas, asentamientos precarios y barriadas improvisadas de pisos baratos. El Madrid de siempre desapareció y en su lugar creció una metrópolis colosal, desprovista muchas veces de lo más esencial, poblada por hombres y mujeres de acentos distintos y biografías dispares. Aquí se mezclaron para edificar un lugar acogedor, abierto, solidario y tolerante. Una refundación extraordinaria.

La democracia nos trajo décadas acumuladas de prosperidad, inversiones públicas millonarias en dotaciones comunitarias esplendidas y alcaldes representativos empeñados en el trabajo bien hecho. Sobre la cochambre del pasado se levantaron nuevos barrios, modernos y bien comunicados, se recuperó del abandono el casco antiguo y la monumentalidad del centro histórico. Las zonas verdes se adueñaron de los descampados y de los barbechos. En aquel proceso, tan profundo como reciente, anidó una nueva cultura vanguardista y popular que colocó a Madrid en el mapa de Europa. La llegada de una multitud de emigrantes, atraída por las oportunidades laborales y la capacidad de acogida de los vecinos, configuró una ciudad nueva.

Aquel impulso ya no existe y lo poco que se mueve lo hace por pura inercia. Desaparecido el espejismo de los Juegos, necesitamos nuevos proyectos a los que apuntarnos todos juntos. La pregunta hora es muy sencilla: ¿Tenemos los políticos que tal apuesta reclama? Repaso la nómina de figurantes mediocres de nuestra clase política y no encuentro una personalidad capaz de reinventarse Madrid. Tendremos que hacerlo, como tantas otras veces los madrileños.

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