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El laberinto de Lavapiés

viernes 14 de junio de 2013, 17:21h
Actualizado: 14/06/2013 18:23h
El barrio de Lavapiés se ha convertido en un conglomerado de razas y culturas, enmarañado en el laberinto de callejuelas conformado en el siglo XIV. Una topografía singular en el corazón de Madrid trazada en los barrancos que fueron los arrabales de la ciudad, donde nacieron los "manolos" y "manolas". En Madridiario hemos podido verlo desde el aire.
Hoy, de aquel casticismo que plasmaron en sainetes y zarzuelas, escritores como Ramón de la Cruz, Mesonero Romanos o Arniches no queda nada. Los chulos y la chulas solo reaparecen por las fiestas de San Lorenzo y la Paloma. Por las calles de la primitiva judería madrileña desfilan más frecuentemente, chilabas, saris, turbantes... El comercio tradicional ha cambiado radicalmente en las dos últimas décadas. Hoy los minoristas pertenecen a cualquiera de las razas que habitan el barrio.
La plaza de Tirso de Molina, con sus puestos de flores, el monumento a Tirso (que sustituyó al de Álvarez Mendizábal) y el teatro Apolo, abierto en 1932 con el nombre de "Progreso", es la puerta de entrada al barrio. El corazón se localiza en la plaza que da nombre al distrito donde, según algunos historiadores, podría haber una fuente en la que se lavaban los vecinos. La última fuente que existió fue retirada en el siglo XIX. Entre Tirso de Molina y Lavapiés discurren dos grandes arterias: Mesón de Paredes (donde estuvo la Inclusa) y Lavapiés. Calles empinadas, como las transversales que llevan a Antón Martín: Magdalena, Calvario (¡qué bien puesto el nombre!), Olmo...
En los últimos cinco años se está produciendo un lento retorno de los madrileños a este barrio para abrir pequeños negocios, como librerías-café, albergues juveniles o teatros de bolsillo. Estas actividades podrían contribuir a incrementar la seguridad callejera y la limpieza del barrio, dos de sus puntos débiles. Durante los fines de semana también son cientos los madrileños que acuden a sus tabernas, terrazas o a los restaurantes indios que copan la calle Ave María. Pero se vuelven a otros barrios residenciales después de la diversión y, en no pocas ocasiones, dejando un rastro que indigna a quienes vivimos en este barrio.
El caótico urbanismo, el laberinto callejero, las empinadas cuestas, las plazuelas escondidas podrían configurar un barrio enormemente atractivo para residir y para visitar. Cuenta, además, con varias paradas de Metro que facilitan los desplazamientos. El Ayuntamiento emprendió hace algunos años un programa de rehabilitación de edificios y saneamiento de viviendas, manteniendo algunas construcciones tradicionales como las corralas. Pero no se acaba de conseguir un barrio limpio, higiénico, libre de basuras, grafittis, orines, cacas de perro, restos de embalajes... Cada vez que se quiere mejorar Lavapiés surgen voces augurando una expulsión de habitantes de toda la vida. ¡Como si quedaran muchos...! Y, por culpa de unos o de otros, el barrio no acaba de despegar y todavía sigue siendo inquietante para los turistas. Debería iniciarse una acción decidida para "limpiar" Lavapiés sin prejuicios, salvaguardando su idiosincrasia pero desterrando definitivamente la impresión de que inmigración o multiculturalidad son sinónimos de suciedad, descuido y desprecio del entorno. Lavapiés debe convertirse en un barrio que atraiga comercio y compradores, visitantes y habitantes, estudiosos de la topografía madrileña e historiadores de su pasado y su presente. La marginalidad y la leyenda (bastante fundada) de inseguridad deben combatirse con energía y con el apoyo de quienes vivimos, trabajamos o nos divertimos ahí.

Antonio Castro

Cronista Oficial de la Villa

Periodista durante 35 años en RTVE, especializado en información local y de cultura. Autor de varios libros sobre historia teatral. Desde el año 2007 es Cronista Oficial de la Villa de Madrid

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