Amistades peligrosas
miércoles 27 de febrero de 2013, 00:00h
Actualizado: 01/04/2013 17:09h
Hay una personaje que parece que ha despertado un inusual interés en nuestro país y que enciende, por igual nivel, interés, curiosidad, morbo e indignación.
La señora en cuestión es Corinna Larson, conocida como "princesa Corinna", pero sobre todo por ser la “entrañable amistad” del rey.
De un tiempo a esta parte se han publicado asuntos que se escapan al llamado amarillismo o prensa del corazón, que nos cuentan que esta señora ha trabajado, y tal vez aún lo hace, en asuntos delicados, confidenciales, clasificados, secretos, que afectan a la seguridad del Estado Español, algo que nos debe inquietar y que plantea muchas
cuestiones…
¿Debe una intermediaria, organizadora de cacerías, conocida ahora por sus relaciones personales, intervenir en asuntos de trascendencia
para esta Nación?
¿Qué tipo de servicios ha prestado, con qué calificación personal y en calidad de qué? ¿Estos servicios han sido pagados con dinero público? Y si así fuese, ¿existe, como es requisito indispensable, algún documento oficial o contrato público que avale e informe de esas actividades?
Si la “entrañable serenísima” Corinna no miente ni pretende esconder con todo esto un movimiento de presión a alguien, Don Juan Carlos ahora tiene un problema, pero si ella miente aún lo tiene doblemente, porque esto es un tema de gravedad, que se une al caso Urdangarín.
La cuestión esencial es saber quién la autorizó, y si el gobierno y Ministerio de Exteriores, que son autoridad competente en política exterior de este país, sabían de estos asuntos de los que ella cuenta.
Ella no se calla, e insiste en contarnos desde portadas su inocente ingenuidad: “Hablo ahora porque tengo que defenderme, ya que mi silencio se estaba malinterpretando. Estas serán las últimas declaraciones que haga, porque mi deseo es recuperar el anonimato” (revista 'Hola').
“Corinna, la entrañable amistad”, que desaparezca ya, sin más
declaraciones públicas. Por lo que estamos comprobando con todo este panorama puesto sobre la mesa es que la osadía no camina en paralelo con el decoro y la decencia.