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Crítica teatral.- El inspector

Crítica teatral.- El inspector

lunes 07 de mayo de 2012, 00:00h
Actualizado: 08/05/2012 17:09h
Miguel del Arco adapta y dirige en el teatro Valle Inclán la obra “El inspector”, escrita por Nikolái Gógol en 1836. Del Arco ha construido sobre este texto un divertido vodevil fallero con la corrupción política como argumento. Va a estar en cartel hasta el 16 de junio.
A una pequeña población sin nombre –de manera que podría ser cualquiera- se anuncia la llegada de un inspector estatal dispuesto a revisar toda la política municipal. El alcalde y sus concejales, que atenazan a la población y que se han enriquecido a costa de ella, confunden a un joven de la capital con el inspector. Y se ponen a la faena  de engañarlo, festejarlo y sobornarlo. Obviamente, al final quedarán burlados.

Nunca dejo de sorprenderme en el teatro. En este caso al corroborar que todo vuelve, que todo está inventado en los escenarios. Porque este montaje nos remite al teatro que hace cuarenta años creaban en España grupos como Castañuela 70, Los Goliardos o el T.E.U. Funciones críticas presentadas con un envoltorio musical y humorístico. Entonces lo hacían con más talento que medios. Ahora, con el Centro Dramático Nacional como soporte, pueden hacerlo con mucha más profesionalidad. Pero el resultado es el mismo: crítica mordaz a golpe de batuta y carcajada. Risa provocada por dramas cotidianos que se desarrollan a nuestro alrededor.

Miguel del Arco ha hecho una inteligente y eficacísima adaptación de la comedia de Gógol. Los chistes, sin nombres y apellidos, llegan directos al público, que los caza al vuelo. Las constantes alusiones a la actualidad española no chirrían en un argumento estrenado hace más de 170 años.

En un decorado monumental, un gran puzle que se encaja y desencaja ágilmente según las distintas ubicaciones de la acción, doce actores y tres músicos se multiplican en cuantos personajes se van necesitando. Es un brillante ejercicio que unos dominan mejor que otros. Ángel Ruiz, Fernando Albizu y Jorge Calvo están entre los que muestran sus antecedentes casi cabareteros y se adueñan de las escenas.

Hay momentos especialmente felices. Todas las escenas entre madre e hija son hallazgos de gracia y desparpajo. Claro que ellas son Pilar Castro, una bomba humorística, y la joven Macarena Sanz. La rivalidad entre ambas, sus peleas, sus delirios de grandeza resultan antológicos, como su aparición ante el inspector. La madre con un increíble vestido minifaldero de noche y la hija ataviada de fallera.
También es excelente la presentación de Iván, el falso inspector. Entronca esta propuesta con los figurones del teatro español del Siglo de Oro, lacayo gracioso incluido. Juan Antonio Lumbreras hace un inspector simpáticamente canalla, que se hace con las simpatías del público. Como los galanes cervantinos.

Hay, desde mi punto de vista, un par de objeciones. Los añadidos musicales y coreográficos, los gags, los efectos lastran un poco la función, alargándola algo más de lo estrictamente necesario. Y luego hay algunos embarullamientos en la interpretación que dificultan la comprensión de textos y chistes. Hace años un conocido crítico, refiriéndose al montaje de un disparatado vodevil, tituló su comentario: Ritmo no es velocidad. Lo hago mío porque me parece que algunas escenas, como la primera entre todos los políticos corruptos, serían más contundentes e igual de efectivas con un poco más de reposo.

“El inspector” llenará, muy probablemente, el Valle Inclán y encandilará a un público menor de cuarenta años que nunca tuvo oportunidad de ver los grupos aludidos al principio.  Y el teatro habrá cumplido una de sus misiones más atractivas: poner en solfa, ridiculizar, toda la actualidad y a sus protagonistas. Sean del color, religión o afiliación política que sean.
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