Crítica teatral.- Nuestra clase: Diez negritos políticos
martes 24 de abril de 2012, 00:00h
Actualizado: 25/04/2012 14:13h
Carme Portacelli trae durante un mes al teatro Fernán Gómez, un drama centroeuropeo que podría perfectamente desarrollarse en la España de la posguerra o en cualquier país que haya padecido guerras fratricidas. Quizá Polonia, por la tremenda historia que tiene de invasiones y batallas en el siglo XX, sea el escenario más representativo. Y por eso la acción se basa en un terrible genocidio ocurrido en 1941: la quema de 1600 judíos encerrados en un granero.
El argumento es sencillo: diez niños, compañeros en la misma clase, mantienen complicadas relaciones durante todas sus vidas. Pero el nexo del compañerismo no evita traiciones, delaciones, asesinatos… Un lazo fatal anuda a estos diez personajes del que no pueden desprenderse ni con rusos, alemanes o el sindicato Solidaridad. Porque asistimos a sesenta años de cruel historia, en la que apenas hay hueco para el amor.
Tras una breve presentación de los niños en la escuela, cuando advertimos ya diferencias políticas y religiosas, los hombres y mujeres de la escena crecen, aparentemente se enamoran e inician una actividad política turbulenta. No faltan un rabino y un sacerdote católico. Dos religiones que siempre flotan por encima de cualquier drama o circunstancia. Solo desde el convencimiento de que el ser humano es capaz de cometer cualquier atrocidad se entienden las traiciones y agresiones entre primitivos amigos. Primero los de un bando triunfador. Cuando se vuelca la situación, la revancha de los primeros. Y así ante cada movimiento. En el camino van muriendo los compañeros de clase. Como los diez negritos de Agatha Christie. Solo que los asesinos son la política y la religión. Y ahí está el principal problema de este descarnado montaje. Tardan mucho, muchísimo –tres horas- en morir los diez personajes. Es difícil mantener la atención ante tantas idas y venidas ideológicas.
La directora plantea una puesta en escena bastante lineal, con un ritmo premioso que apenas permite picos de tensión física, aunque no se ahorran momentos de violencia, sobre todo verbal. El espectador puede perderse en la maraña de avatares políticos que nos van sacando desde la ciudad polaca de Jedwabne, escenario del crimen masivo, hacia Israel, Varsovia o Nueva York.
Es interesante la ambientación y puesta en escena. Se parte de un aula estudiantil que se van transformando en los distintos escenarios del drama. Los niños visten siempre igual. Solo la luz va matizando las situaciones. Eso obliga a los actores a realizar un trabajo ímprobo. No abandonan la escena en ningún momento. Ni siquiera cuando mueren sus personajes. Queda el actor entonces en la escena como un fantasma que acecha a sus asesinos, que da la bienvenida al más allá a cada nuevo compañero que fallece. La interpretación es dynamica, sin fisuras. Cada uno de los actores responde al arquetipo de su personaje y lo mantiene vivo durante las tres horas de representación.
En esta última parte de la temporada madrileña nos están llegando –a los teatros públicos- montajes teatrales de hondura, dramas del siglo XX que mantienen su vigencia y virulencia originales. “Nuestra clase” quizá sea el más cercano porque, como decíamos al principio, los compañeros, los amigos, los vecinos se siguen traicionando cuando se encuentran en situaciones extremas. Y porque el fantasma de antisemitismo no ha desaparecido y vuelve a asomar peligrosamente.