Cordero de ojos azules: desconcierto
viernes 13 de enero de 2012, 00:00h
Actualizado: 15/01/2012 13:44h
El teatro Fernán Gómez presenta hasta el 5 de febrero una producción teatral procedente de Argentina cuando menos desconcertante: 'El cordero de ojos azules'. Un texto de Gonzalo Demaría que dirige Luciano Cáceres.
Ambientada en el año 1871 en una Buenos Aires asolada por la peste, vemos a tres personajes aislados en la catedral. Parece que estamos ante una parábola sobre el triunfo de la fealdad (malvada además) sobre la belleza. Y sobre la influencia positiva y perturbadora de esta belleza sobre la creación artística. O no.
El caso es que me vi transportado a lejanísimas épocas teatrales en las que los actores hacían de la desmesura, del gesto exagerado, sus señas de identidad. Me pareció ver teatralizado uno de aquellos tremebundos seriales radiofónicos de los 50 (Ama Rosa, Sangre negra…) que encumbraron a la popularidad al truculento Doroteo Martí. Alentado por el éxito radiofónico recorrió España llenando teatros con dramones plagados de chicas pobres ultrajadas por el señorito, huérfanos incluseros y esposas atormentadas. En ese género encuadraría muy bien este cordero azulón.
Es una pieza para el lucimiento de una gran actriz, Leonor Manso, que saca del túnel del tiempo las maneras de antepasadas suyas en el oficio, como Lola Membrives. Ella lleva el peso de la acción, secundada por Carlos Belloso, haciendo de 'locaza' insoportable y el joven Guillermo Berthold, mudo y desnudo en casi toda su intervención, obligado, además, a una disparatada danza, que podría ser para invocar la lluvia, ahuyentar a la peste o huir de la pareja de grillados que lo tiene secuestrado en escena. Pero resulta ser el alter ego de San Sebastián y la alucinación del pintor protagonista. Lo dicho: desconcertante. Por lo menos para mí.