El ruido nuestro de cada día
Por
Pedro Fernández Vicente
jueves 30 de junio de 2011, 00:00h
Actualizado: 11/07/2011 13:38h
Estamos asistiendo, casi sin querer, a un debate sobre el ruido en la ciudad. Entre la fiesta de Chueca, las entradas y salidas de las discotecas, las puertas de los bares y otros centros de reunión que, por muy insonorizados que estén en el interior, terminan por escaparse al control de la organización una vez que el público asistente traspasa la puerta de salida. Ahí, precisamente, es donde se genera gran parte del problema, en la puerta de la discoteca, del bar, del cine o de cualquier otro que esté abierto después de la media noche.
El ruido, esa gran incomodidad que unos soportan mejor que otros y que ha mandado a más de uno a terapia, es, también, uno de los motivos que más enfrentamientos produce en las comunidades de vecinos pero, curiosamente, muy pocos son los que reconocen hacer más ruido del necesario, que su forma de vivir está molestando a los demás.
Dicen que los españoles somos ruidosos, pero no se trata de gentilicios. Los ingleses no hacen ruido en Londres pero sí en Madrid. Estamos en una capital que vive en la calle. Las temperaturas, las ofertas de ocio y las costumbres hacen que la vía pública sea el lugar de reunión que muchos eligen para disfrutar de las horas libres. Y vivir produce ruido. Ahora hasta fumar es ruidoso. La cena, la copa en un lugar apropiado y para fumar hay que salir a la puerta. Diez o doce personas en la puerta de un pub fumando un cigarrito producen un ruido superior al que hacían antes dentro del local.
Somos más bulliciosos que antes de la ley antitabaco y encima estas temperaturas veraniegas invitan a pasear hasta que el sueño nos impida caminar.
Este es un debate que vuelve todos los años con la llegada de los treinta grados centígrados a la ciudad. No representa un gran problema mientras la temperatura nocturna se mantiene bajo cero pero se reaviva en el mismo momento en que los madrileños y quienes nos acompañan constantemente en esta ciudad maravillosa de la que nadie quiere marcharse, nos regala esas noches insustituibles forzándonos a reuniones callejeras y disfrutar de las miles de terrazas que surgen cada vez más, por culpa del tabaco, en las aceras madrileñas.
El ruido molesta a quienes deben dormir porque tienen que madrugar pero forma parte de eso que llamamos tolerancia. Hay a quien le molesta más que a otros simplemente porque le cuesta más trabajo convivir con la felicidad ajena. Hay que garantizar el descanso nocturno de los madrugadores pero sin robar un ápice a esa alegría que Madrid nos brinda cotidianamente.