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La Iglesia de la Estación

La Iglesia de la Estación

lunes 06 de junio de 2011, 00:00h
Uno no es muy amigo de dioses y si bastante curioso de leyendas, incluidas en estas todas las religiosas. Quizás porque son un perfecto escaparate de las ansiedades, deseos y búsquedas del hombre. Aquello que ansiamos, que deseamos o que buscamos es lo que alimenta las historias acerca de como conseguirlo. A quien no le gusta pensar que es posible acceder a todo eso de una manera milagrosa, o que se está a cubierto de todas las vicisitudes de esta vida por el simple hecho de creer en lago. Detrás de todo ello, muy o poco velado está siempre el "y si fuera cierto". Hay gente que cree y gente que no cree, pero a decir verdad, todas las historias suelen ser bellas, ciertas o no.

Y si hay un lugar en Madrid centro de leyendas religiosas, de milagros y creencias extraordinarias, ese es la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha. Si, esa donde llevó nuestra amiga Letizia el ramo de flores después de su boda. Como no vemos a la Virgen con trazas de contraer matrimonio, hemos de imaginar que el gesto corresponde al último de una larga lista en la relación de la Corona Española con este emplazamiento religioso. Relación que, como todas, ha pasado por buenos, peores y tremendos momentos. No en vano, es la Patrona de Madrid más antigua, anterior incluso a la Almudena, parienta del labrador que era San Isidro.

La cosa empezó como tantas veces, con un "no me toques las tierras, que me conozco" entre moros y cristianos. Por lo visto, allá por el Siglo VII ya se la veneraba por estas tierras, sin tener Estación de Tren ni nada. Los cristianos decidieron construir una nueva ermita a la virgen, y a los moros aquello les hizo maldita la gracia, con lo que ya la tenían liada. Y no se le ocurrió otra cosa al capitán de los cristianos, un tal Gracián Ramirez, que degollar él mismo a su mujer y a sus hijas ante la posibilidad que terminaran por hacerlo los moros. Todo un detallista, el tío. Claro que al final, se supone que tal barbaridad hizo que la Virgen se arremangara a favor del bestia y que venciera en la batalla. Nunca he entendido las causas de algunos para ayudar. E incluso tuvo el detalle de devolver de la muerte a las asesinadas como correspondencia al ardor del guerrero. Empezando con un milagro así, estaba claro que la carrera de la de Atocha iba a ser larga y fructífera.

Y no sólo ha tenido milagros de los guerreros, que ha valido para todo. Por ejemplo, tiene trazas de buena administradora, ya que fue un embajador italiano el que le pidió ayuda para el buen trámite de sus gestiones en Madrid. Y ella, tan atenta, se lo concedió. Y tan contento quedó el italiano que le regaló a la todavía Iglesía de Atocha una imagen réplica de un famoso Cristo de su tierra. Y lo vistió además con exquisitos ropajes, entre los que destacaban unos zapatos de plata. Zapatos que no le duraron mucho juntos, porque el mismo Cristo le regaló uno de ellos a un paisano que pasaba por allí y también pasaba por una mala época. Lo bueno del tema es que los encargados de la iglesia no se lo creyeron y ante la insistencia del regalado fueron a preguntarle al Cristo, que por lo visto ratificó la jugada. Eso son exclusivas, y no las de Sálvame De luxe. A partir de entonces, la Virgen milagrera tuvo la compañía de la imagen de su hijo, al que empezaron a llamar el Cristo del Zapato.

Pasados los años, su abanico de milagros incluyo el típico de las curaciones y también contribuyo a estrechar su relación con los reyes. ¿Que se nos pone Felipe II malo por un enfriamiento en Extremadura? Pues nada, déjate de gaitas y de médicos. Se saca a la Virgen en procesión y asunto arreglado. No es de extrañar que Felipe II acudiera al lugar antes de salir a cada batalla y que después de vencer (si es que lo hacia), repitiera el gesto. De bien nacido es ser agradecido. También lo agradeció mandando edificar una capilla más amplia, que no sólo de rezos viven las iglesias.

Viendo lo bien que sentaba a la realeza la amistad con la Virgen de Atocha, Felipe IV la declaró protectora de la Monarquía Española. Y asi todos los posteriores monarcas, incluidos los Borbones, fueron añadiendo mejoras al emplazamiento de aquella que tan bien parecia llevarse con las coronas.

Hasta que llegaron los gabachos. No hay suficientes Roland Garros o Tours que les quitemos que puedan devolver la ingente cantidad de destrozos que los franceses, de una u otra forma, causaron en el patrimonio artístico español y, particularmente, en el madrileño. Desde las joyas de la corona española, hasta las numerosas obras de arte que moraban en la Basílica de Atocha en virtud de su especial relación con los Reyes. Hasta se encargaron de destrozar el antes nombrado Cristo del Zapato, con lo mono que estaba él con su único ejemplar. Después del vendaval franchute, nada volvió a ser lo mismo, ni para Atocha, ni para los Reyes españoles. Puede que hubiera ganas, pero no bolsillo. Poco a poco se le fueron añadiendo algún que otro detalle, pero eran cuestiones más de quiero y no puedo que de otra cosa.

Lo que nunca cesó fue el cariño de los de la cabeza cubierta con el lugar. Prueba de ello es que siguen manteniendo la tradición de presentarles a sus vástagos, como para empezar de jovencitos la relación y evitar aquello de "si me has rezado, no me acuerdo". Así lo han hecho la última vez con los hijos de la presentadora y el presentador de los premios esos que dan pos las Asturias. Quizás, la clave del futuro de la Virgen de Atocha sea volver a sus tiempos de milagrera con el pueblo, que según están las cosas sería muy de agradecer. Dejar un poco de lado a quien de momento tiene trabajo, casa y corona fija, para centrarse en aquellos que lo tienen un poco más difícil. Aunque no se yo si sería capaz de dar tantos zapatos a tal cantidad de pies descalzos.

Quede constancia, en todo caso, que la Estación se llama Atocha por la Virgen más antigua de Madrid, y no al revés. Que a este paso y como sigan ampliando, terminan poniendo en la puerta: "Capilla de Nuestra Señora del Ave".
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