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Rastro de mí

Rastro de mí

domingo 29 de mayo de 2011, 00:00h
 
Madrid me gusta por multitud de razones. Casi innumerables. Tantas, que incluso es dificil ponerlas en un orden de importancia, en una especie de lista que puntuara para ver que me gusta más. Creo que depende de momentos. Hay ocasiones en las que busco un Madrid, y veces en las que Madrid me asalta y me llena sin que yo se lo pida. Pero probablemente, si tuviera que elegir un sitio de Madrid, y dejando de lado que puede ser por como me encuentro de ánimos hoy, creo que elegiría El Rastro.

Déme usted mitad de cuarto de sueños. De esos de cielo de Velázquez. Déme también algo de esperanza, como medio kilo, que andan las cosas que mejor es tener siempre un poco en casa. El Rastro me llena y me vacía. Me ocupa, me lleva y me trae. Llaves sin cerraduras, reliquias chinas, piratas, recuerdos usados. Máquinas de escribir que intentaron definir amores. Personas. Gente. Bocatas y raciones en la calle. Todo se vende y compra, y a la vez todo es de todos. Estatuas rusas, muñecas desnudas, cuentos de Calleja. Madrid abre los domingos. Cacerolas y cuerdas, camisetas y chapas. Música y juegos.

Cuentan que el Rastro se llama así por el rastro que dejaban los animales que se sacrificaban en el antiguo Matadero de Madrid. Dicen que surgió allá por 1740, cuando nació como un mercadillo de objetos de segundamano que rápidamente se hizo popular entre la gente menos pudiente de Madrid. Eso cuentan, eso dicen.

Yo veo Rastro de sueños, por allí veo el de alguien que quisó ser actor, y terminó vendiendo su traje de Tenorio. Por esa esquina persigo el rastro de un amor sin dueño, y en ese bar aún se pueden ver dos manos reflejadas que luego discutieron al comprar un hule verde para la cocina. Yo veo Rastro de Sonrisas. La sonrisa del anciano que descubre la revista donde por fin Ava Gardner llega a España, la del crío que completa el albúm con ese jugador del Racing que no salía en los kioscos, la de la Señora que se va tan feliz porque cree que pelar patatas nunca será tan fácil como ahora. Yo veo Rastro de Miradas. La del chaval que todo quiere y todo asombra, desde la camiseta de Cristiano hasta la chapa de su héroe. La de la chica que espera el anillo de regalo que su chico cree secreto mientras lo ha estado comprando. La del tendero que mira y aconseja que se lleve tres a la señora. La del policía que vigila, la del turista que alucina, del fotógrafo que caza. Yo veo Rastro de Recuerdos. Recuerdos de puertas en manojos de llaves, de risas en botellas vacías de lícores varios, de espadas en novelas de piratas, de tardes de ojos abiertos en cómics de Spiderman y Batman, de manos y ojos cansados en máquinas de coser más antiguas que yo. Como un CSI castizo ando, ya lo véis.

Me gusta el Rastro también porque no es. No es el Corte Inglés, no es la Calle Serrano, no es tranquilo, no es callado, no lo es. No es un sola cosa, son cien, son mil, eso es. No es fijo, no es silencio, no es de ricos, no es cerrado, blanco y negro ni muy chic. No es de nadie, no es de puertas ni de entradas, es de aquí. El Rastro es de Madrid. Y es un rastro de mí.
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