La ancestral prudencia institucional de Gallardón, su reconocido respeto al adversario, que en algunos casos ha rayado en la blandenguería, tenía sus límites, como los tiene en cualquier ser humano, por mucha paciencia y buena educación que atesore. Pero hay cosas, seres, que hacen perder esa paciencia y hasta la buena compostura.
En Gallardón lo ha conseguido el presidente Rodríguez Zapatero. El alcalde dijo de él que era mentiroso y envidioso, porque no soportaba que alguien hubiera hecho bien los deberes, porque el señor Rodríguez Zapatero impidió a Madrid, a los madrileños, refinanciar la deuda del Ayuntamiento, porque ZP demostró, una vez más, lo que Esperanza Aguirre le viene reprochando desde hace ya bastante tiempo: que margina a Madrid, que le niega el pan y la sal de las inversiones, de las aportaciones de Estado. Gallardón ha terminado dándose cuenta de ello cuando le ha tocado la fibra sensible de la deuda municipal, que es infinitamente menor, porcentualmente, de la que tiene el propio Estado, y si embargo no le ha permitido al Ayuntamiento de Madrid refinanciar esa deuda municipal.
Hace unos días el alcalde volvió a acordarse de ese Zapatero, malo para Madrid, y le dijo que se ha ganado la medalla de ser el presidente más antimunicipal y contrario a los ayuntamientos de la historia. Reclamó un cambio de gobierno urgente para que los ayuntamientos cumplan con su obligación. Y no puedo estar más de acuerdo con el alcalde en este asunto. Quizá ha llegado tarde a la crítica directa al presidente del gobierno, pero nunca es tarde si la crítica es buena, acertada y en defensa de los intereses de los madrileños, permanentemente agraviados por el señor Rodríguez Zapatero, el presidente más antimunicipalista de la historia.