lunes 06 de diciembre de 2010, 00:00h
Actualizado: 10/12/2010 12:33h
Coinciden en el teatro Español dos grandes de la interpretación: Nuria Espert y Josep María Flotats. La primera con un ejercicio de depuración teatral. El segundo con un ambicioso montaje -'Beaumarchais'- sobre una obra nunca estrenada. Dos propuestas casi opuestas, quedándome personalmente con la de Nuria.
'Beaumarchais' es un gran espectáculo por su reparto, su originalidad escenográfica y por el hermoso vestuario. Corresponde a ese tipo de producciones que solo se pueden afrontar desde un teatro público. No es fácil tener en nómina a Flotats, Carme Conesa, María Adánez, Constantino Romero, etc. Pero, a pesar de todos elementos, a mí me transmitió frialdad. Comienza con aires vodevilescos y termina con una atmósfera onírica para exaltar al protagonista. Entre medio, más de dos horas de escenas aisladas, sin una acción continuada, con avances en el tiempo señalados por las proyecciones. Pero no se llega a conseguir un climax dramático. Tal vez esa sea la intención de Flotats director: hacer una exposición de viñetas hermosamente ilustradas.
Es un auténtico lujo contar con actores de gran prestigio para interpretar a personajes de corto papel. Y todos están estupendos; desde Ramón Barea como Luis XVI a Constantino Romero como Franklin. Especialmente brillante es el encuentro entre Beaumarchais y el Caballero d’Eon, magnífico Raúl Arévalo. El dialogo entre los dos personajes es, posiblemente, el más inteligente de esta larga comedia.
Parece que lo más fácil hubiera sido recurrir a telones para lograr la multiplicidad de escenarios. Seguramente se hubiera obtenido un efecto estético luminoso y en la línea de la Commedia dell’Arte. Flotats arriesga y se decanta por proyectar imágenes de las distintas localizaciones con un complejo audiovisual que contribuye a dejar el escenario desnudo. También opta por un atrezzo elementalísimo, dejando todo el esfuerzo para el actor y para el iluminador. Consigue así una correcta rapidez en los cambios de escena, pero a costa de contribuir a la frialdad general.
Beaumarchais no creo que sea una figura especialmente conocida por el público español, a pesar de su intensa y azarosa vida. Quizá ese desconocimiento del personaje distancie al espectador de lo que ocurre en el escenario. No se le pueden poner peros a este montaje teatral. Estoy convencido de que el público apreciará el esfuerzo por encima de sus gustos. Que le interese más o menos es ya una cuestión meramente personal.