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De María Guerrero a teatro Nacional

De María Guerrero a teatro Nacional

jueves 14 de octubre de 2010, 00:00h
Actualizado: 15/10/2010 08:28h
Marquina, Benavente, Mihura, Buero, Gala o Nieva, al igual que numerosos grandes actores, han conseguido triunfar en este teatro que en 1908 adquirieron María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza y que a su muerte fue comprado por el Estado. El Cronista de la Villa Antonio Castro narra para Madridiario la historia de este teatro que cumple 125 años este viernes.
La velada inaugural del entonces teatro de la Princesa, hoy María Guerrero, aquel 15 de octubre de 1885, fue a cargo de la compañía de Emilio Mario (1838-1899),  que eligió la comedia de Bretón de los Herreros Muérete… y verás, obra que ya entonces tenía medio siglo de existencia pues había sido estrenada en el teatro del Príncipe (hoy Español) el año 1837. El programa se completó con un entremés titulado El corral de las comedias, escrito a propósito por Tomás Luceño (1844-1933).

Por cierto que el primer actor de la nueva compañía sufrió durante los ensayos importantes quemaduras en la cara como consecuencia de una fuga de gas. No fue la única noticia triste. El pintor Pedro Valls (1840-1885), que trabajaba en los telones de boca y decoraciones, falleció un mes antes de abrirse el teatro, sin haber terminado su trabajo. Compañeros suyos como Muriel, Busato, Bonardi, Amalio Fernández y Limones completaron la obra según sus bocetos, entregando sus honorarios a la viuda del artista desaparecido.

Presidió la velada inaugural la reina María Cristina con sus hijas. Alfonso XII agonizaba pero la Corte intentaba dar sensación de normalidad. Las ganancias de la velada inaugural se destinaron a la Asociación de la Beneficencia Domiciliaria. Un mes más tarde moría el Rey, con el correspondiente luto en el país.

La prensa, en general, alabó las características del teatro y a la nueva compañía, no sin poner algunos reparos. Madrid, en aquel momento, contaba con muy pocos teatros de importancia. Se abrían cada tarde el Real para la ópera y el ballet, el Español, la Comedia y Lara para los dramas y teatro de verso, y el Eslava, Martín, Novedades, Alhambra… que ofrecían una programación más ligera. La Zarzuela atravesaba tal crisis que no se sabía muy bien a qué género se dedicaba.

Llega María Guerrero
La actriz María Guerrero (1868-1928), es una de las leyendas del teatro español, forjada durante casi medio siglo de actividad escénica y empresarial. Nacida en Madrid, su padre era el empresario Ramón Guerrero. Debutó profesionalmente precisamente en esta sala, en 1885.

Cinco años después alcanzó la categoría de primera actriz, convirtiéndose en la figura indiscutible de la escena española durante más de tres décadas. Estuvo casada con Fernando Díaz de Mendoza (1862-1930), aristócrata enamorado del teatro, de noble cuna, pues era marqués de Fontanar, conde de Balazote y Grande de España. Para Fernando su matrimonio con María fue el segundo, ya que era viudo de Ventura Serrano, hija del general de Isabel II.

Tras su matrimonio, María Guerrero emprendió numerosas aventuras, como establecer su propia compañía o iniciar en 1897 las temporadas en Hispanoamérica.  La fama de esta actriz traspasó fronteras permitiéndole presentarse en escenarios de numerosos países europeos. Mientras, con el paso del tiempo, permanece su recuerdo, el de Fernando Díaz de Mendoza  se va diluyendo. Pero ambos fueron decisivos para la supervivencia del viejo teatro de la Princesa.

La última etapa de la vida del matrimonio transcurrió en este teatro, residiendo en el piso superior que habían añadido al edificio en 1925. Sin embargo, la actriz, que actuaría en la Princesa por última vez el 15 de enero de 1928, moriría en otro teatro de la capital, el Calderón, ocho días después cuando se disponía a estrenar. Fernando le sobrevivió dos años y los hijos y sobrinos de esta pareja continuaron durante algunos años sobre los escenarios como actores si bien, actualmente, no figura en los carteles ninguno de sus descendientes.

Díaz de Mendoza y Guerrero habían adquirido el teatro de la Princesa el 20 de marzo de 1908 gracias a los éxitos artísticos y económicos que habían logrado en el renovado teatro Español y en las campañas americanas. Ese día formalizaron la operación ante el notario José María de la Torre. Se representaba Señora Ama, la obra de Benavente que un mes antes habían estrenado en la Princesa Carmen Cobeña y Francisco Morano. En los mentideros teatrales se especuló con la cantidad abonada a los propietarios: 375.000 pesetas.

La pareja de empresarios-actores quiso dejar su marca en el teatro como el padre de la actriz, Ramón Guerrero, lo hizo en el Español, al que reformó en profundidad a principio del siglo XX. Dieron la vuelta al viejo edificio, comenzando por el vestíbulo y terminando por los camerinos. Además se realizó una moderna instalación eléctrica y sanitaria. Del patio de butacas se suprimieron seis filas y se construyeron las plateas que siguen existiendo.

El 27 de noviembre de 1909 el matrimonio pudo volver a levantar el telón del teatro de la Princesa con el estreno de María la Brava, de Eduardo Marquina (1879-1946). Veinte años más tarde terminaría esta aventura, coincidiendo casi con la desaparición de los dos cónyuges. Pero serían dos décadas de gloria y penuria, de éxitos sonados y pateos ruidosos.
Jacinto Benavente (1866-1954) proporcionó a la pareja de artistas algunas de sus mejores comedias, estrenadas en la Princesa: La noche del sábado (1912); La malquerida (1913); El mal que nos hacen (1917); Los cachorros (1918) o Santa Rusia (1919). Y eso que el Premio Nobel tuvo sus enemistades con ellos, nunca suficientemente explicadas.

No menos generoso fue Eduardo Marquina. Claro que el peso de los empresarios presionaba lo suyo. Les dio para su lucimiento María la Brava (1909); En Flandes se ha puesto el sol (1910); Las flores de Aragón (1914); El gran capitán (1916) y La alondra (1912). Y Manuel Linares Rivas, entre otras obras, les dio para estrenar La fuente amarga (1910); Doña Desdenes (1912); La garra (1914) y La jaula de la leona (1924).

No desdeñaron a los escritores humoristas. Pedro Muñoz Seca (1879-1936) estrenó en el teatro de la Princesa El último pecado (1918); La verdad de la mentira (1918); El condado de Mairena (1920) y Los Frescos (1922). Los Hermanos Álvarez Quintero fueron menos frecuentes, pero también figuraron en los cartelones durante esta etapa: Amores y amoríos (1910); La flor de la vida (1911) y La calumniada (1919).

Teatro Nacional
Tras la muerte de María Guerrero, su viudo decidió deshacerse del teatro, comenzando los contactos para venderlo al Estado. Ya en febrero de 1928, una comisión de autores, artistas e intelectuales se entrevistó con el general Primo de Rivera, presidente del Consejo de Ministros, para solicitar su apoyo a la compra con el fin de destinarlo a Escuela Nacional de Declamación.

La iniciativa tuvo éxito y en junio de ese año,  Presidencia del Consejo inició los trámites para adquirir el teatro de la Princesa. También se anunció que se le cambiaría el nombre para darle el de María Guerrero. No fue hasta el 4 de enero de 1929 cuando se autorizó la operación de compra, reflejada en la Gazeta . El 15 de febrero de  1929 se firmó la escritura de compra-venta del teatro de la Princesa, oficializada por el notario Manuel Enciso. Con la adquisición, al precio de 800.000 pesetas (de entonces), el Ministerio de Instrucción pública se hacía con la propiedad del recinto, iniciando la nueva etapa de teatro público. Los anteriores propietarios apenas vieron 20.000 de esas pesetas por las deudas que acumulaba el teatro. Tras la compra por el Estado, el teatro de la Princesa cerró sus puertas a la programación regular.

El 7 de abril de 1929, el Boletín Oficial del Estado publicó la Real Orden de Alfonso XIII autorizando que el Conservatorio de Música y Declamación ocupara las dependencias el recinto ya público. Entre otras iniciativas docentes de esta época,  en 1934 Cipriano Rivas Cherif estableció en el María Guerrero su Teatro Escuela del Arte. Considerado como un taller práctico de formación, consiguió reunir medio centenar de aspirantes a actores procedentes del Conservatorio o directamente de la calle.
No permaneció mucho tiempo el Real Conservatorio en el teatro María Guerrero.

En 1935 volvió a ser trasladado, esa vez a la calle Zorrilla. La razón fue un nuevo lavado de cara del teatro de la calle Tamayo y Baus. Fue el arquitecto Pedro Muguruza y Otaño (1893-1952) quien dirigió la reforma, consistente básicamente en restaurar las pinturas, la decoración, volver a recuperar butacas en el patio y revocar la fachada. Aprovechando el cierre se diseñó por parte del gobierno de la República un plan para la utilización del espacio con su fin primitivo: el teatro. Se pensó realizar una temporada larga dedicada a la comedia y otras más breves con zarzuela y ópera.

En septiembre de 1935, coincidiendo con la nueva temporada escénica, la Junta Nacional del Teatro Lírico y Dramático anunció que el conocido empresario Luis París sería el delegado para desarrollar las primeras temporadas del nuevo María Guerrero, bajo la tutela del Estado. Nunca llegó a desarrollarse esta iniciativa pensada para fomentar las artes escénicas y el teatro lírica: el estallido de la Guerra Civil truncó cualquier iniciativa de este tipo.

Finalizada la Guerra Civil, y tras algunas reformas, el 27 de abril de 1940, el María Guerrero recobró la actividad regular como teatro Nacional, dirigido por Luis Escobar (1905-1991), representándose La cena del rey Baltasar. Eduardo Marquina escribió para la misma velada un texto evocando la historia del viejo teatro de la Princesa. Al iniciarse la temporada otoñal se instaló en el vestíbulo un gran cuadro de Vázquez Díaz que mostraba a la insigne actriz.

Volvieron los obreros al teatro a principio de 1969 para realizar algunas mejoras en el escenario con el fin de adaptarlo a las nuevas necesidades de los directores y escenógrafos. Entre otras dotaciones, se instaló una plataforma giratoria, suprimiendo previamente la habitual pendiente del escenario. Desde Londres se trajo un nuevo equipamiento luminotécnico y sonoro, que según José Luis Alonso,  colocaba al María Guerrero a la altura de los mejores teatros europeos.

Durante poco más de un año, a las órdenes del arquitecto Luis Manzano, se sanearon algunas dependencias para destinarlas a actividades complementarias, como biblioteca, sala de exposiciones o despachos. Para solemnizar la nueva restauración, el 22 de mayo de 1970 se organizó un festival artístico presidido por los entonces Príncipes de España y al que asistió el primer ministro portugués, Marcelo Caetano, de visita oficial a nuestro País. El resultado artístico no fue muy del agrado del público, que tuvo que esperar a distintos recitales de danza posteriores para reconciliarse con el hermoso teatro.

Durante la dictadura franquista este teatro, como el Español, presentó al público unos montajes de extraordinaria factura escénica, con unos repartos excepcionales. Escobar, fielmente ayudado por Huberto Pérez de la Ossa, se esforzó por estrenar a los mejores autores del mundo, convenientemente pasados por el filtro de la férrea censura.  En la cartelera alternaron los mejores textos del teatro español con las novedades que llegaban de Londres, París o Nueva York.

Así, junto a montajes excelentes de El vergonzoso en palacio (1948) o La dama boba (1951) se estrenaron obras capitales del teatro mundial: La herida del tiempo (1942); Nuestra ciudad (1944) o Huis Clos (1947). Los directores también se preocuparon de abrir hueco a los dramaturgos españoles contemporáneos. Mihura presentó en 1946 El caso de la mujer asesinadita. Buero Vallejo, un año después de Historia de una escalera, estrenó aquí otra pieza maestra: En la ardiente oscuridad (1950). Y no podemos olvidar el montaje de Don Juan Tenorio, con escenografía de Salvador Dalí que, en 1949, revolucionó al mundillo teatral madrileño.

No menos importante fue la etapa como director de José Luis Alonso, quien dio entrada a profesionales de la talla de Francisco Nieva o Antonio Gala. Siguió la línea de sus antecesores y alternó teatro del Siglo de Oro español, con títulos universales y con estrenos de nuevos autores. Tuvo una especial preferencia por Valle-Inclán, de quien montó La rosa de papel (1967), Romance de lobos (1970) o El retablillo de don Cristóbal (1988). No se puede olvidar tampoco El jardín de los cerezos (1960); La loca de Chaillot (1962); El rey se muere (1964) o A Electra le sienta bien el luto (1965). Con Alonso como director de escena y del teatro lograron sus primeros triunfos autores que son puntales de la escena española: Antonio Gala con Los verdes campos del Edén (1963) y El sol en el hormiguero (1966); Alfredo Mañas con La feria de Cuernicabra (1975) o Víctor Ruiz Iriarte con El landó de seis caballos (1950).

En esta etapa oficialista no dejó de buscarse un hueco la Sección Femenina de FET y JONS. Estableció aquí el Teatro Nacional de Juventudes “Los Títeres” que, dirigido por Fernández Montesinos, realizó algunos notables montajes para el público menor. Se hacían con todos los medios profesionales del teatro y abordaron títulos tan ambiciosos como El pequeño Príncipe, Don Gil de las Calzas Verdes o Peter Pan.

Hacer una relación completa de las primeras figuras de la escena que fueron habituales en la compañía del María Guerrero durante su etapa como teatro nacional sería exhaustivo. Pero no resistimos la tentación de aportar algunos nombres: Guillermo Marín, José María Rodero, José María Seoane, Rafael Bardem, José Bódalo, Luis Prendes, Adolfo Marsillach, Elvira Noriega, Pilar Muñoz, Pepita Calvo Velázquez, Amelia de la Torre, Berta Riaza, María Dolores Pradera, María Luisa Ponte, Lola Cardona…

A esta impresionante nómina tenemos que añadir otros nombres que, gracias a una interpretación en el María Guerrero, lograron un impulso definitivo a sus carreras. Así le pasó a María Fernanda D’Ocon con Misericordia (1972); Nuria Gallardo con El pato silvestre (1982), a Antonio Banderas con La vida de Eduardo II (1983), a Juan Diego Botto con Alessio (1987); Esperanza Roy dejó definitivamente atrás su etapa de vedette con Coronada y el toro (1982), y José Luis López Vázquez dio sus primeros pasos teatrales en esta sala, como figurinista y finalmente como actor en El anticuario (1947). Los años de la Transición marcaron un cambio de rumbo total en la sociedad española y, por supuesto, en el teatro. Sin embargo el María Guerrero ha seguido desempeñando un papel fundamental para la escena española.


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