jueves 30 de septiembre de 2010, 00:00h
Actualizado: 08/10/2010 14:14h
Se les daba por muertos. En las semanas previas a la huelga general, desde los habituales sectores en contra de casi todo y favor de ellos mismos, se calificaba a los sindicatos de elementos residuales de la revolución industrial sin lugar en el mundo moderno. Agrupaciones de individuos encabezadas por piquetes violentos, que intimidarían a la gente para que no pudiesen acudir a su puesto de trabajo. Así los pintaban. Casualmente, cuando la huelga apenas había comenzado, era un miembro de un piquete el que tenía que ser hospitalizado porque alguien con demasiadas ganas de trabajar - ¡En España! - le pasó por encima con la furgoneta. Quién nos lo hubiese dicho a los españoles hace unas décadas, siempre retratados en el extranjero como vagos y devotos de la siesta. El mito derribado a golpe de pedal... del acelerador.
La inmensa mayoría de las portadas del día después a la huelga ya estaban escritas antes del paro, por lo que los fracasos y éxitos cantados por la prensa eran algo previsible. Lo que no parecía estar en las agendas era que la convocatoria llegase a paralizar casi por completo la industria de este país, dejase el transporte en cuadro y afectase de forma notable a los puertos y mercados centrales, educación y construcción. Lo que no entiende casi nadie es la postura de los funcionarios. Maltratados por el gobierno a las primeras de cambio, fueron a trabajar en masa. No sirve la excusa de una huelga anterior. Precisamente para darle sentido a la misma debieron secundar también la que afectaba a todos los trabajadores. Cosas de los gremios, digo yo, y de la solidaridad.
La capacidad de movilización de los sindicatos quedó reflejada como algo a tener en cuenta. Las huelgas que paralizan países son cosas de otros tiempos. Que el consumo de energía eléctrica se reduzca a lo que gastamos un domingo, como ocurrió durante el día de paro general, es un hecho objetivo. Por ello el gobierno debe atender las reivindicaciones que se hicieron el pasado miércoles desde la tribuna instalada en la Puerta del Sol. No por esas connivencias de las que hablan algunos, ni por ceder ante la presión sindical en aras de la cercanía ideológica. El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero debe dar marcha atrás, y devolver esas medidas a los mismos neoliberales que siguen rebajando la calidad de nuestra deuda. Sólo por una razón: es de justicia.