viernes 16 de julio de 2010, 00:00h
Actualizado: 27/07/2010 08:31h
Nuestra nación vive tiempos difíciles, tiempos que requieren un liderazgo político como nunca antes se ha necesitado. Donde el Parlamento de nuestro País asuma la responsabilidad de transformar nuestra sociedad desde lo más profundo de ser. Y en estos momentos tan complicados lo peor que le puede suceder a un partido político es olvidar su razón de ser, anteponer su propio interés al del conjunto de los ciudadanos, abandonar su papel como un pilar del Estado de Derecho para erigirse en un fin en si mismo, haciendo de la irresponsabilidad su bandera y de la insustancialidad su patria. Dejando de esta forma a un lado el sentido de Estado. Esta triste y desalentadora circunstancia es a la que hemos asistido durante el debate sobre política general, en la que el principal partido de la oposición opto, por el insulto y la descalificación antes que por el análisis y la propuesta.
Ya que frente a un Presidente de Gobierno que utilizó su primer turno de palabra para explicar a los ciudadanos y ciudadanas las políticas que ha venido desarrollando su ejecutivo a lo largo de los últimos doce meses, llegando a anteponer los intereses de España frente a los de su formación política -en el caso de que no fueran coincidentes-, encontramos un Mariano Rajoy que apostó su escaso crédito político por recuperar el poder perdido olvidándose de arrimar el hombro para acelerar las medidas económicas y sociales, que deben de constituir el marco de crecimiento de España en los próximos lustros.
Una oportunidad perdida para los ciudadanos que nos quedamos sin saber, una vez más, que es lo que opina el Partido Popular sobre iniciativas políticas que esta tomando el Gobierno y que afecta al núcleo de nuestro Estado de Derecho. Cuestiones tan importantes como la reforma del sistema de pensiones, la cual mediante la ampliación de la edad de jubilación en dos años hasta llegar a los sesenta y siete, pretende asegurar la pervivencia de uno de los pilares del Estado de Bienestar; o sobre la reforma laboral que de la mano del cambio del modelo productivo, busca generar un nuevo marco de relaciones laborales donde prime la formación del trabajador con una mayor estabilidad y flexibilidad en la empresa; y tampoco se le escucho opinión al líder de la oposición sobre la modernización de la justicia con las nuevas Leyes de Registro Civil, de Mediación, de Procedimiento Laboral y la reforma de la Ley Concursal, o sobre el proyecto de Ley de Economía Sostenible.
Porque el PP entendió el debate en términos meramente resultaditas, cuyo único objetivo era conseguir un titular en la prensa del día siguiente. Eso le llevo a mantener una actitud bronca y altanera, en la que el insulto y la crispación eran más importantes que ejercer su función como fiscalizador de la acción de Gobierno y su compromiso con los millones de votantes que le apoyaron en las últimas elecciones, olvidándose de promover iniciativas que contribuyan a acelerar el incipiente crecimiento económico en el que nos encontramos. Materializando una única propuesta, la convocatoria de elecciones anticipadas, eso sí, sin encontrar el valor suficiente para plantear una moción de censura que le obligaría a tener que explicitar un programa de gobierno que no tiene.
Este relato de los hechos nos conduce a una doble conclusión. Por un lado, que el ganador parlamentario del debate fue José Luis Rodríguez Zapatero, que marcó los tiempos durante toda la jornada, presentando la acción de gobierno como un proyecto político coherente, que pese ha haber sufrido los avatares de una crisis económica -que no empieza ni termina en nuestro país- sigue manteniendo el espíritu con el que inició su andadura de gobierno hace ya seis años. Frente a un Mariano Rajoy más preocupado de la repercusión que iban a tener sus palabras entre sus compañeros de escaño, que de resultar útil a la sociedad y a la democracia. Lo que nos lleva a la segunda conclusión, que a los ciudadanos, como es costumbre, se les negó la posibilidad de conocer en sede parlamentaria las ideas, iniciativas y posturas políticas del principal partido de la oposición que parece perseguir el poder por el poder y no el poder como instrumento para transformar la realidad, como hacemos los socialistas.
Porque ejercer la función pública exige lealtad y responsabilidad. Lealtad con las ideas que uno representa y con los ciudadanos que las respaldan, y responsabilidad para tomar decisiones políticas más allá de su rentabilidad electoral. El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero esta afrontando reformas que afectan al corazón del Estado de Bienestar, sin pensar en los réditos que puedan tener en la urnas, ejerciendo su compromiso con los ciudadanos que le otorgaron su confianza, lástima el que otros prefieran la irresponsabilidad y la demagogia como base de su actuación política.
Lo dicho, una oportunidad perdida para Rajoy de demostrar que puede ser algún día una alternativa real de gobierno, ahondando en la política cainita del “cuanto peor mejor” que ha sido su estandarte desde que Aznar le señalo como 'líder' del PP, de la que espero por el bien de la democracia no rentabilice en las próximas elecciones.