jueves 10 de junio de 2010, 00:00h
Actualizado: 21/06/2010 15:45h
Hace dos años sonaban ya todas las alarmas, pero Rodríguez Zapatero prefirió hacer caso omiso y mirar hacia otro lado, pensando quizás que la situación se arreglaría por sí sola o que su suerte proverbial le sacaría del apuro. En este tiempo el presidente del Gobierno ha pasado de negar la crisis, a mentir descaradamente en sede parlamentaria y repetir compulsivamente que España no tenía problemas graves, que la recuperación estaba a la vuelta de la esquina y que el desempleo había iniciado la senda de la desaceleración.
Si algo ha demostrado con creces José Luis Rodríguez Zapatero, es su facilidad para faltar a la verdad, su incapacidad para admitir los desastrosos efectos de la crisis sobre nuestro país y su incompetencia para poner en marcha a tiempo medidas que saquen a España de la precaria situación económica en la que se encuentra. Finalmente han tenido que ser Europa y los EE.UU quienes han sacado los colores a nuestro Gobierno, obligándole a modificar una política económica de desmedido gasto e inasumible déficit público.
No cuestiono la necesidad de rebajar el déficit público. Es más, creo que este recorte es absolutamente imprescindible, pero no a costa de hipotecar las posibilidades de crecimiento de la economía española y menos aún haciendo que las clases medias y los más débiles sean los paganos de la crisis. En este momento congelar las pensiones, bajarle el sueldo a los funcionarios y reducir las infraestructuras públicas provocará, sin duda, que el consumo se reduzca todavía más, situación que previsiblemente empeorará con la subida del IVA a partir del 1 de julio.
Frente al tijeretazo de Zapatero, que supondrá el mayor recorte social en la historia democrática de España, habría que tomar otras medidas como reducir el tamaño de la administración, suprimiendo todos los organismos, empresas públicas y fundaciones innecesarias en momentos de tan dura crisis. La reducción del gasto debería además estar supervisado por una nueva Ley de Estabilidad Presupuestaria que fije un techo para el gasto público de todas las Administraciones.
La solución no consiste en mermar la capacidad adquisitiva de quienes menos tienen, practicar recortes sociales y poner en marcha unilateralmente medidas que influyan negativamente en las previsiones de crecimiento y empleo, tal y como ha hecho el Gobierno. Resulta impresentable que este Gobierno socialista pretenda pasar la factura de su despilfarro a los empleados públicos, los dependientes y los pensionistas. España requiere de una verdadera política de austeridad, un plan de reducción del déficit que recorte aquellas partidas presupuestarias menos necesarias para mantener el bienestar de los ciudadanos, que disminuya estructuras administrativas y que elimine subvenciones.
De la crisis podemos salir, pero no liderados por el peor presidente de la historia de nuestra reciente democracia quien, tras derrochar el superávit heredado del anterior Gobierno del Partido Popular con el único argumento de que 'era para gastarlo', pretende cobrarse en los más débiles los fallos de su errática gestión. La política presupuestaria no se improvisa. Y las propuestas de Zapatero son parches chapuceros, meras ocurrencias que demuestran su nula voluntad de acometer reformas estructurales, a pesar dos años de sucesivas llamadas de atención de la oposición política y de todos los organismos internacionales.
Rodríguez Zapatero debería frenar en su huida hacia adelante y someterse a una moción de confianza o convocar elecciones generales. España necesita un nuevo Gobierno, liderado por un presidente competente, un estadista valiente que pueda generar confianza en los mercados y tomar las decisiones que nuestro país necesita para salir de la crisis. Si por algo se ha caracterizado Zapatero hasta el momento es por su cobardía y, como decía Ovidio, "el cobarde huye de lo que le sigue y va detrás de lo que huye de el”.