Historias de Alcalá-Meco-Valdemoro
martes 27 de abril de 2010, 00:00h
Actualizado: 08/05/2010 12:49h
En la cárcel de Alcalá-Meco se vivía una realidad que antes había sido ficción en la literatura y en el cine: los casos de relaciones sexuales entre funcionarios e internas, que por lo común no son fruto de una relación deseada, sino de una forma de chantaje, de intercambio de intimidad a cambio de productos o favores.
Se ha actuado con diligencia, cesando a la cúpula directiva de esa institución penitenciaria, porque aunque los implicados tienen derecho a gozar de la presunción de inocencia, parece que los datos, las pruebas y los testimonios son suficientemente contundentes como para haber tomado decisiones drásticas.
Algunos miran hacia la ministra Aido y su ley de Igualdad, una ley que ha hecho posible que en la vigilancia de las cárceles de mujeres se haya empleado a hombres. Esto es algo así como permitir fumar en un polvorín, y claro, puede pasar que se produzca una deflagración. Ni que decir tiene que la mayoría de los funcionarios de prisiones son profesionales que cumplen su labor con eficacia y honestidad, ya sean hombres o mujeres la población reclusa a su cargo, pero hay instituciones, dependencias, lugares donde la convivencia entre vigilantes y vigiladas crean un situación potencial de alto riesgo, y los lamentables sucesos de Alcalá-Meco así lo confirman.
En otra prisión madrileña, la de Valdemoro, ha sido detenido un trabajador, encargado de reponer la máquina del café, acusado de introducir droga en la cárcel y distribuirla en sus instalaciones. Según la acusación, este trabajador externo, cada vez que acudía a reponer la máquina de café, llevaba algo más que granos tostados o café molido, llevaba polvos blancos, que no era leche en polvo. Parece que por ser un visitante habitual, no era sometido a los controles de seguridad necesarios, y aprovechando esta confianza llevaba el “caballo” debajo del brazo, para después desbocarlo entre rejas. No se entiende porqué ese exceso de confianza de quienes tienen que vigilar el acceso del personal externo a la cárcel. Siempre es un riesgo que alguien entre en una prisión sin ser cacheado o examinados los paquetes que lleva encima. Cuando se baja la guardia, el desalmado se cuela; cuando se enciende un mechero en medio de un polvorín, puede que estalle el escándalo
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Cronista Oficial de Madrid y Getafe
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