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Crítica teatral.- Calígula: crueldad technicolor

Crítica teatral.- Calígula: crueldad technicolor

martes 16 de marzo de 2010, 00:00h
Actualizado: 20/03/2010 18:17h
Calígula fue, durante décadas, patrimonio de Tamayo y Rodero. Muerto el actor, el director volvió a montar la obra con Imanol Arias y después con Luis Merlo. Ahora es Santiago Sánchez quien retoma el texto de Camus con L’Om Imprebis y una lectura totalmente alejada de sus precedentes. 
La propuesta es arriesgada y provoca la polémica. A mi no me encaja el mundo en technicolor que crea el director con el tremendo discurso de Calígula sobre el poder, la ambición o la incapacidad para cambiar el destino. El emperador es un personaje contradictorio que se mueve en todos los registros dramáticos imaginables, pero no lo vemos en este actor a pesar de su gran esfuerzo. Camus escribió escenas grotescas para subrayar el servilismo de la corte imperial.

Especialmente llamativa es la personificación de Venus, que aquí está más cercana a los Bufos de Arderius y El joven Telémaco que al teatro de la crueldad. Sánchez remarca la acción con una iluminación colorista: rojo y púrpura para la corte de ambiciosos; azulada para la intimidad del protagonista. No en vano Calígula aspira a que le traigan la Luna. Como la escenografía es elemental –apenas unas gradas- el panorama de color cambiante es el elemento destacable.

Orgía en clave de danza
Cuando se quieren llevar a escena momentos de alta tensión sexual, el empeño es peliagudo. El director resuelve la orgía en clave de danza, acompañada por tambores. Produce la impresión de excesivo pudor. Los personajes que rodean a Calígula son tan mezquinos como el propio tirano. Su carácter representativo del poder arribista está perfectamente marcado por el autor y Sánchez también lo hace así. El rastrero lo es mucho, el esclavo fiel, lo es hasta la humillación, el cortesano manipulador maneja a los demás a su antojo. Solamente Cesonia queda en tierra de nadie, sin que quede muy claro qué pinta en este drama.

Me quedo con dos espléndidos montajes anteriores de L’Om Imprebis: Galileo Galilei y El Quijote. Pero hace bien el director en acometer otros empeños más ambiciosos, sobre tipo si tienen la capacidad de lograr que el espectador, al final, discuta y no quede indiferente a lo que acaba de ver.
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