Por
Pedro Fernández Vicente
miércoles 03 de febrero de 2010, 00:00h
Actualizado: 08/02/2010 20:22h
Nunca un desconocido, un anónimo que intriga, ha sido tan famoso. El hijoputa. Dicho así suena como un gesto de admiración, de compañero de aventuras... "Sí, hombre, el hijoputa”. Es casi un colega de negocios, ese acompañante dispuesto a sentirse confesor en momentos de crisis sentimental. Pero realmente es un apellido de quita y pon, ahora para ti, ahora para mí. Cualquiera puede serlo en momentos determinados. El mismo puede ser padre, esposo, compañero y además hijoputa. Nada grave. Si me apuráis podría ser hasta algo cariñoso.
Muchos de los que nos reímos, sonreímos o sobresaltamos, al escuchar la palabra, la hemos llevado encima, sin notarlo, en alguna ocasión, incluso hay quien la lleva de por vida, sin el menor aprecio ni distinción. “Mira, ese es el hijoputa”. Pero solo se habla en su ausencia. Vaya usted a saber el motivo por el que se lo han colocado, quién lo ha hecho y en que momento, porque el protagonista ni siquiera puede defenderse: es que no lo sabe. Quizá podría tener alguna justificación o confirmación, ¡quién sabe!
Hijoputa es un recurso fácil de nuestra lengua, de nuestro sistema de comunicación que goza de una riqueza cultural extensa y llena de matices y nos permite calificar sin precisar. No siempre es un insulto. Puede ser la palabra más oportuna para confraternizar con un ese compañero de barra de bar, ese acompañante nocturno y confidente.
Es una de las palabras, nacida de dos conceptos muy distintos como son la madre y la prostitución, unidos para hacer daño. De ahí su importancia. Insultar a la madre es una de las agresiones más dañinas. Se usa desde tiempos no recordados, por el nivel de maldad que encierra y, por eso, se ha vuelto algo inocua, de tanto como se ha utilizado y de tantos como hay. Si habrá que el anonimato está garantizado.
Entonces ¿a qué viene tanto alboroto?. Si se dice en la intimidad y sin asignación inicial, todo queda en una duda eterna y silenciada. Quizá ese es el problema. Claro, además del sobresalto inicial al escucharla, nos hemos quedado con la intriga final de no poder reconocer el rostro, el nombre, el propietario del apellido en esta ocasión. La verdad, nos gustaría, pero la política tiene estas intrigas y nos deja, a los de verdad, sin saber el final de la historia. Es como esas series que aparecen en la televisión de la noche a la mañana y por falta de audiencia las retiran de la parrilla y nos dejan sin saber quién era el padre del niño o dónde está la madre desaparecida. ¡Un horror!
Aunque solo fuera por respeto a nosotros los ciudadanos, Esperanza Aguirre, debería dar una rueda de prensa secreta a la que solo pudiéramos asistir los ciudadanos de la calle, los trabajadores que votamos, quienes soportamos ese mismo apellido en algún momento y que nos dijera, en secreto, quien es el hijoputa. Palabra histórica. Yo iría a la cita.
Pedro Fernández Vicente