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Una noche en las cocheras

Una noche en las cocheras

jueves 12 de noviembre de 2009, 00:00h
La organización nocturna en una cochera de autobuses no deja nada al azar. Se trata de una cadena de trabajo perfectamente engrasada que debe cerrar una jornada y preparar la flota de vehículos y al personal para el día siguiente. En Carabanchel, la noche de la EMT necesita más de 300 personas.
22.39 horas. El penúltimo autobús diurno de la línea 17 de la Empresa Municipal de Transportes llega a la calle de Concepción Jerónima, su primera parada. Francisco es su conductor. Hoy ha doblado turno y esta es su última carrera. Finaliza el servicio. Por suerte, el trayecto va rápido y tranquilo. No hay muchos viajeros a estas horas en días laborables. Cuando llega a la Fuente de Lima, Francisco se dispone a cerrar el chiringuito.

A través de la computadora de navegación del autobús cierra el servicio y manda los datos por wi-fi a los servicios centrales de la empresa: coche, conductores, turnos, incidencias, recaudación, averías, salidas y llegadas... De todo. Coloca el cabecero del autobús en formato cocheras y rellena su parte de trabajo de papel.

Con esa tarea terminada se dirige a dormir el autobús. Por el camino, a veces recoge a compañeros de la empresa que se dirigen al tajo. A la línea 17 le corresponde Carabanchel. Una cochera que se encuentra junto a la avenida de los Poblados. A medida que Francisco se acerca, crece la procesión de autobuses. Dos colores recorren la noche: el rojo y el azul, característicos de la EMT. Alrededor, la ciudad duerme, o no.

Muertos en los asientos
A la entrada, los vehículos se sitúan en seis calles a la espera de la puesta a punto para el nuevo día. Francisco hace una revisión superficial del vehículo para facilitar la limpieza posterior. "Hoy he encontrado unos aplaudidores, pero depende del día. Encontramos de todo. Los objetos importantes se fichan y se envían a objetos perdidos", comenta el conductor. Algunos despistados se llevan a gente dormida o a viajeros que no conocen las líneas. Incluso se han encontrado muertos entre los asientos. Para controlar estas situaciones, los servicios de seguridad inspeccionan cada vehículo.

En las calles de trabajo se ponen en marcha los técnicos de mantenimiento, con el chaleco amarillo correspondiente. Un operario reposta el combustible del vehículo mientras otro pasa el aspirador en el interior. Tiene que estar perfecto en 3 minutos, y lo está. "Limpiamos los elementos del día a día. Lo más gordo. Si requiere una limpieza más a fondo -vómitos, sustancias que manchen mucho-, se lleva a las salas de lavado. Cada cierto tiempo, todos los coches pasan una limpieza integral", comenta Miguel Ángel, uno de estos trabajadores.

Las líneas 79 y 130, que pasan por Las Barranquillas y por el Pozo del Tío Raimundo, núcleos de venta de droga, reciben una limpieza a fondo diaria para evitar que cualquier usuario corra el riesgo de entrar en contacto con jeringuillas u otros productos peligrosos.

El rugido de los autobuses
Luego, los autobuses pasan por el túnel de lavado exterior donde se limpian y abrillantan hasta el nuevo día. Los autobuses están asignados a líneas y servicios según su numeración. Por eso, los conductores tienen que aparcar los vehículos agrupados para facilitar que los compañeros de la mañana encuentren el autobús que les toca. Las máquinas averiadas se mandan a talleres. Entonces en los aparcamientos se apaga el rugido de los autobuses y comienza el de las oficinas.

Después de aparcar, el conductor entrega el parte de papel en la dirección de la estación y coloca el bolso con los datos del servicio en su casillero correspondiente. También introduce la recaudación de los billetes sencillos (representan el 3 por ciento de los ingresos totales que recibe la EMT) en máquinas o se la entrega al tesorero.

En la oficina de la cochera hay cuatro puestos clave: el subjefe de estación, el inspector, el auxiliar y el tesorero. El primero recoge los partes e incidencias, asigna a conductores y cubre las bajas. El segundo garantiza que todas las líneas tengan los autobuses que les corresponden, calculando las cantidades en horas punta, los vehículos que llevan publicidad y las líneas en las que son prioritarios los vehículos con mamparas de seguridad. El auxiliar revisa todas las hojas de ruta y el tesorero recoge las recaudaciones.

"La noche es un momento de mucho trabajo. Tenemos que cerrar un día y dejar todo preparado para que empiece el siguiente. Es un proceso muy gradual porque no es una organización sencilla de trabajo. Hay que hacer un verdadero puzzle para organizar la nueva jornada de 41 líneas. Hay que contar averías, bajas, conductores, turnos. Se mueve un personal de más de 300 personas. Una locura. Por eso nada queda al azar. Tenemos que ser muy ordenados", comenta Juan Antonio, el subjefe de la estación.

Averías diarias
En el otro lado de la cochera también se trabaja a destajo. Es el taller, que está limpio como una patena. Por la noche, principalmente reparan las averías comunes para que los autobuses puedan estar listos para el día siguiente.

La organización del taller se basa en un núcleo central donde está el almacén de piezas y una estructura rectangular dividida por áreas en las que se reparan los distintos elementos de cada coche (ruedas, lunas, chapa, electricidad, techo -es la cochera más moderna y segura de Europa en esta sección con estructuras especiales de protección-, pintura, aire acondicionado, bajos, fluidos, carrocería). "Es como un taller particular. Cada avería se notifica por ordenador, se asignan los operarios -uno o dos por coche- y las piezas necesarias", comenta Paco, el contramaestre del taller.

Cuando llegan alrededor de las cinco de la madrugada, comienzan a aparecer los compañeros de la mañana. Los conductores que van a poner en marcha las primeras líneas de la jornada. Somnolientos todavía, comienzan su jornada despertando los autobuses. Todo está en orden porque Carabanchel, como Madrid, no duerme nunca.
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