El anunciado golpe de timón de Mariano Rajoy ha sido lo esperado: fortaleza con los débiles y proceso inverso con los fuertes. El santo Job ha hablado en parábola y la ha vuelto a liar porque ha dejado a Esperanza Aguirre a los pies de los caballos. Considerar que el injuriante Cobo está a la altura de la injuriada Aguirre no es sólo un error de táctica sino una maniobra peligrosa. Animados por el ruido, los anti-aguirristas andaban anoche por Madrid buscando sospechosos como los cristianos buscan paganos en la película “Ágora”. Porque Madrid no tiene mar se libran de ser arrojados al acantilado.
Ha pasado Halloween pero la sombra de la “señora Gestora” se proyecta sobre la calle Segovia desde las alturas del acueducto. A ese terror se añade el viento norte que todo lo estropea: flores, agasajos, y caras sonrientes. Es el tiempo de los huraños, de los conjurados vestidos de negro que repasan las listas de aguirristas para darles un escarmiento. Ahí está la siempre dispuesta Celia Villalobos, o el propio Cobo que en un alarde de cinismo en sede nacional ha llegado a temer por la seguridad de sus hijos.
El discurso de Rajoy es la segunda parte de aquella bravuconada: “si se quieren ir al partido liberal, que se vayan”. Por eso asegura que no pasará “ni una más”. Y, al abrir la puerta de Caja Madrid las tropas marianistas han entrado a saco en los sotanillos de la Puerta del Sol. Lo insólito es que los aguirristas no han disparado ni una salva para ahuyentar al enemigo que les ha levantado la merienda. Una vez más se comprueba que en los tiempos difíciles no todos valen; arrugarse es humano. Aquellos que con tanto entusiasmo defendían a Esperanza Aguirre hace apenas unas horas, hoy no cogen el teléfono, no están, guardan silencio. Sólo cuidan de sus pertenencias por si pudieran perder el móvil durante el saqueo.
Pero la ira de los marianistas no se va a detener ante gestos de piedad, todo lo contrario porque a efectos políticos Madrid es una ciudad abierta. Y, a todo eso, Rato todavía no ha dicho que acepte el puesto en Caja Madrid. Queda claro que la excusa era la Caja, lo que Gallardón quería era el cisma.
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