miércoles 09 de septiembre de 2009, 00:00h
Actualizado: 14/09/2009 08:34h
Lo de Pozuelo tiene miga. Se mire por donde se mire. ¿Qué hacen chavales de 16 años a las 5 de la mañana en la calle, por muy fiestas de su pueblo que sean? Vale que las costumbres horarias se han relajado y que ahora los chavales se van de marcha prácticamente a la hora en que los demás volvíamos. Pero si con 16 años vuelven con las primeras luces del día siguiente, cuando tengan 25 ¿qué harán?
Otra: la ley del botellón quedó muy bien sobre el papel, pero no la cumple nadie. En plazas, parques y recodos de los municipios madrileños, grandes y pequeños, los chavales hacen botellón sin problemas. Entre otras cosas, porque cerca de cada uno de estos botellódromos siempre hay una tienda regentada por un ciudadano chino donde venden todo tipo de bebidas a personas de cualquier edad, a cualquier hora y sin que medie control alguno de la autoridad competente. Eso, sin contar con que en algunas localidades, la ley antibotellón deja de aplicarse con carácter excepcional en período de fiestas, vaya usted a saber por qué.
Claro que los chavales tienen de quién aprender su afición a empinar el codo: en este país, por tradición y cultura, se bebe para celebrar las cosas buenas: cuando nace un hijo, cuando aprobamos los exámenes o el carnet de conducir, cuando nuestro equipo gana, cuando llega el año nuevo, cuando nos casamos, cuando nos divorciamos... Si los niños ven esa actitud desde pequeños, ¿cómo nos extraña que de adultos nos secunden?
Se habla mucho ahora de responsabilidades, de culpables y de castigos. Quizá sea conveniente empezar enseñando a los chicos que las acciones tienen consecuencias, siempre.