Lo decimos con orgullo, casi como un título nobiliario: «yo soy gato». Lo usamos para presumir de raíces, sale en las canciones, lo lucen los equipos del barrio. Pero pregunta a cualquiera de dónde viene la palabra y verás cómo se encoge de hombros. Casi nadie lo sabe.
El segundo episodio de Madrid en voz baja —el podcast de curiosidades de la capital contadas como relatos por la periodista Eva R Picazo— va a buscar la respuesta donde de verdad está: en una noche de hace casi mil años, cuando Madrid ni siquiera se llamaba Madrid.
Una muralla, un soldado y un rey asombrado
Retrocedamos al siglo XI. Donde hoy se levanta la ciudad había una fortaleza árabe, Mayrit, protegida por una muralla de doce metros pensada para que nadie pudiera colarse. Las tropas cristianas de Alfonso VI querían tomar la plaza de camino a su gran objetivo: Toledo.
Cuenta la leyenda que, mientras el ejército buscaba un punto débil en el muro, un soldado joven se adelantó y empezó a trepar la piedra a oscuras, clavando un puñal en las juntas para no caer. Se movía con tal agilidad y sigilo que, al verlo llegar arriba y cambiar la bandera, el rey habría soltado la frase que bautizaría a toda una ciudad: aquel hombre no subía como un hombre, subía como un gato.
El apodo se le quedó pegado. Se dice que el soldado llegó a cambiarse el apellido por «Gato», que lo heredaron sus hijos y los hijos de sus hijos, y que de aquella familia el mote se fue extendiendo hasta abarcar a todos los nacidos en la villa.
La otra versión (menos épica, quizá más cierta)
Aquí es donde el episodio hace lo que mejor le sienta a este podcast: separar la leyenda del dato. Porque de la conquista de Madrid apenas se conservan crónicas fiables, y hay una segunda teoría mucho menos heroica. En el Madrid medieval, entrar por las puertas de la muralla costaba un peaje, y no pocos vecinos preferían esperar a la noche y saltar la tapia —trepándola como gatos— para colarse sin pagar. El apodo podría venir de ahí: no de una gesta, sino de la pura picardía de un pueblo que no quería soltar la moneda.
Héroes o pícaros. Escaladores de murallas o de peajes. Puede que las dos cosas a la vez.
Ser gato hoy: un título que escasea
La tradición pone el listón alto para ser gato de pleno derecho: haber nacido en Madrid de padre y madre también madrileños, y hay quien exige hasta los cuatro abuelos. Tres generaciones sin salir de la ciudad. En una capital hecha, precisamente, de recién llegados de toda España y del mundo, el gato auténtico es casi una rareza. Y ahí, sugiere el episodio, se esconde lo más bonito del apodo: nombra algo que cada vez escasea más.