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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Cuando Menéndez Pelayo se llenó de libertad

Cuando Menéndez Pelayo se llenó de libertad

jueves 25 de junio de 2026, 07:00h
Actualizado: 25/06/2026 07:09h

El 25 de junio de 1978, a las siete de la tarde, la calle de O’Donnell empezó a llenarse de gente junto a la Torre de Valencia. Aquel domingo, más de siete mil personas participaron en la primera manifestación del Orgullo en Madrid, una marcha convocada por el Frente de Liberación Homosexual de Castilla para reclamar la derogación de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social.



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En este episodio recordamos la primera manifestación del Orgullo en Madrid, celebrada el 25 de junio de 1978, cuando miles de personas recorrieron O’Donnell y Menéndez Pelayo para reclamar libertad sexual y el fin de la persecución.

La marcha partió de O’Donnell, junto a la Torre de Valencia, y avanzó por la avenida de Menéndez Pelayo hasta la plaza de Mariano de Cavia. Hoy puede parecer un recorrido casi sencillo, una línea reconocible en el mapa de Madrid junto al Retiro. Pero en 1978 aquella caminata tenía una carga política y humana enorme. España estaba en plena Transición, la Constitución aún no había sido aprobada y la libertad íntima de muchas personas seguía atrapada en leyes heredadas del franquismo.

La manifestación no nació como una fiesta, aunque hubiera alegría. No era todavía el Orgullo multitudinario, musical y festivo que hoy llena Madrid cada verano. Aquel primer Orgullo madrileño fue, sobre todo, una salida del miedo. En la calle estaban quienes durante años habían tenido que medir gestos, palabras y afectos para no ser perseguidos, señalados o humillados. También quienes reclamaban la libertad de las personas encarceladas por su orientación sexual y el fin de una ley que seguía considerando peligrosa una forma de vivir y de amar.

En la cabecera de la marcha tuvo una presencia muy visible el colectivo trans y travesti, como se decía entonces. No fue un detalle menor ni una nota de color. Muchas de aquellas personas habían sufrido de forma especialmente dura la persecución policial, la exclusión social y la violencia cotidiana. Que estuvieran delante tenía sentido histórico: habían estado demasiadas veces en el lado más expuesto de la represión.

Una de las consignas más recordadas de aquella tarde fue “Qué demasiao, todos los peligrosos nos hemos juntao”. La frase resume el espíritu de la marcha mejor que cualquier discurso. Si la ley les llamaba peligrosos, ellos devolvían la palabra convertida en desafío colectivo, con rabia, inteligencia y una guasa muy de calle. Lo peligroso, aquella tarde, no eran quienes caminaban por Menéndez Pelayo, sino una norma capaz de convertir una vida privada en delito moral.

La manifestación estuvo vigilada por la Policía Armada. A la altura del número 38 de Menéndez Pelayo, alguien lanzó un petardo desde un balcón y durante unos segundos hubo tensión. El incidente no detuvo la marcha. Los ánimos se calmaron y la manifestación continuó hasta la plaza de Mariano de Cavia. También hubo aplausos desde las aceras, un dato que ayuda a entender el cambio que empezaba a producirse en la ciudad: Madrid miraba, dudaba, observaba, pero una parte de la calle empezaba a responder con apoyo.

En mitad del recorrido se guardó un minuto de silencio por Esmeralda la Francesa, una persona trans que había muerto en 1976 tras caer desde una tercera planta en la cárcel de Carabanchel. Ese recuerdo dio a la marcha una profundidad especial. La alegría de salir a la calle no borraba la memoria de quienes habían sufrido antes la represión. El primer Orgullo madrileño tuvo música, consignas y energía, pero también tuvo duelo.

El 25 de junio de 1978 fue, por tanto, mucho más que una protesta contra una ley concreta. Fue una aparición colectiva. Una forma de decir que aquellas personas no eran expedientes, diagnósticos, amenazas ni vergüenzas familiares. Eran vecinos de Madrid reclamando su derecho a caminar por la ciudad sin esconder lo que eran.

Meses después, en diciembre de 1978, se modificó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social para excluir los actos de homosexualidad, aunque otras formas de represión tardarían más en desaparecer. Los derechos no llegaron de golpe ni como un regalo. Llegaron empujados por quienes se arriesgaron antes de que la libertad estuviera asegurada.

Hoy el Orgullo de Madrid es una de las grandes celebraciones de la ciudad y una cita conocida internacionalmente. Pero conviene no olvidar de dónde viene. Antes de las carrozas, de los escenarios y de las grandes concentraciones, hubo una tarde de junio en la que más de siete mil personas recorrieron O’Donnell y Menéndez Pelayo para pedir algo tan elemental como dejar de ser perseguidas por existir.

Ese origen no empequeñece la fiesta actual; la sostiene. La alegría también es una conquista cuando durante años se ha vivido bajo la amenaza de la vergüenza. Pero la historia del Orgullo no empieza en la música, sino en la valentía de quienes salieron a la calle cuando todavía no era cómodo hacerlo.

La avenida de Menéndez Pelayo sigue hoy con su tráfico, sus árboles, sus portales y su vida diaria. Muchos de quienes la cruzan quizá no saben que una tarde de 1978 esa calle fue escenario de una de las primeras grandes reclamaciones de libertad sexual en Madrid. Las ciudades esconden sus momentos decisivos bajo la rutina, pero basta detenerse un instante para imaginarlo: la Torre de Valencia al inicio, la marcha avanzando junto al Retiro, las pancartas contra la ley, los aplausos desde algunas aceras, el ruido del petardo que no logró detener nada y aquella consigna que convirtió la palabra “peligrosos” en un desafío.

Tal día como hoy, el 25 de junio de 1978, Menéndez Pelayo se llenó de libertad. Y Madrid, que a veces tarda en aprender, pero cuando aprende ya no olvida del todo, empezó a entender que una ciudad no es verdaderamente democrática hasta que todos sus vecinos pueden caminar por ella sin esconder lo que son.

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