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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

El último viaje de Goya

El último viaje de Goya

viernes 05 de junio de 2026, 07:00h
Actualizado: 05/06/2026 10:59h

El 5 de junio de 1899 un tren avanzaba hacia Madrid transportando a uno de los viajeros más ilustres de la historia de España. Habían pasado más de setenta años desde su muerte y tres cuartos de siglo desde que abandonara el país, pero Francisco de Goya regresaba por fin a la ciudad donde había vivido algunos de los momentos más importantes de su vida.

Aquel no era un viaje cualquiera. Tampoco era solamente el traslado de unos restos mortales desde Burdeos hasta la capital española. Era algo mucho más extraño. Porque mientras el tren se acercaba lentamente a Madrid, ocurría una paradoja difícil de ignorar: el hombre que viajaba en uno de aquellos vagones llevaba décadas muerto, pero su presencia seguía repartida por toda la ciudad que iba a recibirlo.

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El último viaje de Goya

La extraordinaria historia del regreso de Francisco de Goya a Madrid más de setenta años después de su muerte. Un viaje en tren a través de la memoria de una ciudad que nunca terminó de perderlo.

Madrid había cambiado mucho desde la marcha del pintor. Los carruajes convivían ya con los tranvías, la electricidad comenzaba a sustituir a los viejos faroles y una nueva generación de madrileños recorría calles que Goya apenas habría reconocido. Sin embargo, cuanto más se acercaban los restos del artista a la ciudad, más evidente resultaba que en realidad nunca había terminado de marcharse.

Su huella seguía viva en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde aquel joven aragonés aprendió el oficio antes de convertirse en pintor de reyes. Permanecía también en los salones de la corte que había retratado y en las calles donde observó con la misma atención a aristócratas y vendedores ambulantes, a duquesas y lavanderas, a ministros y majos.

Porque una de las grandes aportaciones de Goya fue precisamente esa capacidad para mirar la ciudad entera.

Muchos artistas pintaron reyes.

Goya pintó Madrid.

Un Madrid formado por procesiones y verbenas, por corridas de toros y paseos junto al Manzanares, por las luces de la corte y las sombras de la vida cotidiana.

A finales del siglo XIX, cuando España decidió recuperar sus restos, ya nadie dudaba de que se trataba de uno de los mayores genios de la historia nacional. Había llegado el momento de saldar una deuda pendiente.

Pero la historia todavía guardaba una sorpresa.

Cuando las autoridades españolas exhumaron la tumba de Goya en Burdeos para trasladarlo a Madrid descubrieron algo desconcertante.

El cuerpo estaba allí.

La cabeza no.

Las teorías comenzaron a multiplicarse. Algunos apuntaron a la frenología, una disciplina que pretendía estudiar el carácter humano a través del cráneo. Otros imaginaron coleccionistas obsesionados con poseer una reliquia de un personaje célebre. Nadie consiguió demostrar nada y el misterio sigue sin resolverse más de un siglo después.

A pesar de ello, el viaje continuó.

Y el 5 de junio de 1899 Madrid recuperó a uno de sus hijos más universales.

Hoy los restos de Goya descansan en la ermita de San Antonio de la Florida, junto al Manzanares, bajo una de las obras más hermosas que pintó en vida. Allí siguen flotando los personajes de la cúpula, bañados por la misma luz que imaginó a finales del siglo XVIII.

Hay algo profundamente poético en esa imagen.

Después de una vida marcada por viajes, guerras, éxitos, decepciones y exilios, el último viaje de Goya terminó bajo uno de sus propios cielos.

Y quizá esa sea la mejor forma de entender esta historia. Madrid tardó setenta y un años en traer de vuelta a Francisco de Goya. Pero mientras el tren avanzaba hacia la ciudad, una verdad se hacía cada vez más evidente.

En realidad, nunca había terminado de perderlo.

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