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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

El Madrid que cabía en un dibujo de Mingote

El Madrid que cabía en un dibujo de Mingote

lunes 11 de mayo de 2026, 07:00h

Hay ciudades que terminan explicándose mejor a través de quienes las observan que de quienes intentan analizarlas. Madrid tuvo muchos cronistas, muchos novelistas y muchos periodistas, pero pocos entendieron tan bien el alma cotidiana de la ciudad como Antonio Mingote. Le bastaban una barra de bar, una conversación absurda o una mirada cansada para retratar algo profundamente madrileño: esa mezcla de ironía, orgullo, exageración y necesidad constante de aparentar que todo va razonablemente bien.

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El Madrid que cabía en un dibujo de Mingote

Antonio Mingote convirtió durante décadas el humor cotidiano madrileño en una forma de retratar la ciudad. Cafés llenos de humo, conversaciones absurdas, camareros filósofos y señoras de Serrano desfilaron por unas viñetas que todavía hoy siguen explicando Madrid mejor que muchos ensayos.

El Madrid que dibujó Mingote no era el de las postales oficiales ni el de los discursos solemnes. Era el Madrid de las pequeñas escenas que casi nunca aparecen en los libros de historia: camareros secando vasos detrás de barras de zinc, porteras que conocían la vida entera del edificio, funcionarios agotados regresando a casa, matrimonios discutiendo sin demasiada energía y señores leyendo el periódico como si todavía pudiera arreglarse el país desde una mesa de café.

Y quizá por eso sus dibujos siguen resultando tan reconocibles.

Porque Madrid siempre ha sido una ciudad profundamente teatral. Una ciudad donde mucha gente interpreta constantemente una versión ligeramente mejorada de sí misma. El señor que aparenta más dinero del que tiene. El intelectual de café que opina de cualquier asunto como si acabara de resolver Europa. La familia que mantiene las formas aunque lleve años agotada. El joven que intenta parecer moderno demasiado rápido porque Madrid lleva más de un siglo obsesionado con parecer una capital europea antes incluso de terminar de convertirse en ella.

Mingote entendió perfectamente ese pequeño teatro cotidiano.

Nacido el 11 de mayo de 1919, terminó convirtiéndose en uno de los grandes observadores emocionales de Madrid durante buena parte del siglo XX. Mientras otros intentaban explicar la ciudad desde la política o desde la sociología, él prefirió hacerlo desde los gestos pequeños y las contradicciones humanas.

Y lo hizo además en un momento muy concreto de la historia de Madrid.

La ciudad que conoció Mingote todavía arrastraba la dureza de la posguerra. Era un Madrid gris, cubierto muchas veces por humo de carbón, donde la vida podía resultar agotadora y monótona. Había cartillas de racionamiento, edificios ennegrecidos y barrios enteros donde varias generaciones compartían pisos pequeños mientras la ciudad intentaba modernizarse lentamente.

Pero incluso en aquel Madrid áspero había algo que nunca desaparecía: la conversación.

Madrid hablaba constantemente. En las barras de los bares, en las porterías, en los taxis, en los mercados y en cualquier rincón donde dos personas pudieran discutir durante media hora sobre política, fútbol o vecinos. Y Mingote convirtió esa manera madrileña de mirar y comentar el mundo en una forma de arte.

Por eso sus dibujos nunca parecían crueles.

Se reía de Madrid, sí, pero lo hacía con una mezcla muy madrileña de sarcasmo y ternura. Como quien conoce demasiado bien a su familia como para tomársela completamente en serio.

Durante décadas, sus viñetas en ABC terminaron formando parte de la rutina cotidiana de miles de madrileños. Mucha gente abría antes el dibujo de Mingote que las propias noticias. Porque en aquellas escenas aparentemente pequeñas había algo profundamente reconocible: la sensación de que Madrid seguía siendo una enorme conversación colectiva donde todos exageraban un poco, protestaban constantemente y, aun así, parecían incapaces de abandonar la ciudad.

Y mientras Madrid cambiaba —más coches, más ruido, nuevos barrios, televisores entrando en las casas y escaparates cada vez más modernos— Mingote seguía fijándose en lo mismo: las personas.

La mirada cansada de un camarero al final del día. La soledad escondida detrás de una conversación brillante. El señor importante que necesitaba aparentar éxito constantemente. El matrimonio que ya solo se comunicaba mediante ironías.

Madrid entero parecía desfilar por sus dibujos.

En el fondo, Mingote hizo algo muy difícil: consiguió retratar Madrid sin necesidad de explicarlo.

Le bastaba una mirada, una frase breve y un dibujo aparentemente sencillo para capturar algo profundamente madrileño: esa mezcla extraña de ironía, cansancio, orgullo y necesidad constante de aparentar que todo va razonablemente bien.

Porque Madrid cambia de edificios, de modas y de escaparates. Cambian los coches, los periódicos y las formas de hablar. Pero hay cosas que siguen intactas: la conversación interminable, el humor como refugio y esa costumbre tan madrileña de reírse un poco de uno mismo antes de que lo hagan los demás.

Y quizá por eso los dibujos de Mingote siguen pareciendo actuales.

Porque, en el fondo, Madrid todavía sigue cabiendo dentro de una de sus viñetas.

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