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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Antes de las pantallas, Madrid soñó en papel satinado

Antes de las pantallas, Madrid soñó en papel satinado

domingo 10 de mayo de 2026, 07:00h

Hubo un tiempo en que Madrid todavía no se veía a sí mismo como una gran capital europea. Un tiempo en el que la ciudad era elegante y caótica al mismo tiempo; moderna en algunos escaparates y profundamente atrasada apenas unas calles más allá. Un Madrid donde convivían los carruajes aristocráticos del paseo del Prado con barrios embarrados, lavanderas junto al Manzanares y miles de personas llegadas desde otras provincias buscando sobrevivir en una ciudad que crecía demasiado rápido.

Y, sin embargo, aquel Madrid soñaba.

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Antes de las pantallas, Madrid soñó en papel satinado

El 10 de mayo de 1891 apareció en Madrid el primer número de Blanco y Negro, una revista que ayudó a transformar la forma en que la ciudad empezó a mirarse a sí misma. Entre cafés literarios, imprentas, tranvías y una burguesía obsesionada con parecer europea, Madrid descubrió el poder de la imagen y de la prensa moderna.

Soñaba con parecerse a París, a Londres, a las grandes capitales culturales que marcaban el ritmo de Europa a finales del siglo XIX. Quería ser refinado, cosmopolita y moderno incluso antes de conseguirlo del todo.

En medio de aquella transformación apareció el 10 de mayo de 1891 una revista que terminó cambiando mucho más que la prensa española: Blanco y Negro.

La publicación fundada por Torcuato Luca de Tena no fue la primera revista ilustrada de España, pero sí una de las primeras en entender algo fundamental: que la modernidad también podía construirse desde la imagen, desde el diseño y desde la manera en que una ciudad aprendía a representarse a sí misma.

Hasta entonces, gran parte de la prensa española seguía siendo áspera, política y visualmente muy rígida. Los periódicos estaban llenos de columnas compactas de texto, pensadas más para debatir que para seducir. Blanco y Negro, en cambio, parecía otra cosa. Sus páginas respiraban.

Las ilustraciones tenían protagonismo, la maquetación dejaba espacio a la mirada y cada número estaba diseñado casi como un objeto artístico. Había caricaturas elegantes, escenas costumbristas, relatos literarios y una estética muy influida por las revistas ilustradas francesas y británicas.

Aquello resultaba nuevo para muchísimos lectores madrileños.

Porque Blanco y Negro entendió algo antes que muchos medios: que una revista también podía contemplarse, no solo leerse.

El contexto en el que apareció explica buena parte de su éxito. A finales del XIX, Madrid vivía una auténtica fiebre urbana y cultural. La Puerta del Sol empezaba a consolidarse como el gran centro nervioso de la capital. El barrio de Salamanca simbolizaba el ascenso de una nueva burguesía obsesionada con la elegancia y la modernidad. Los teatros llenaban las noches madrileñas gracias al auge del género chico y las tertulias literarias convertían los cafés del centro en pequeñas repúblicas intelectuales.

Locales como el Café Suizo, el Fornos o el Levante reunían cada tarde a escritores, periodistas, políticos y bohemios que discutían sobre literatura, monarquía, periodismo o los conflictos coloniales de la época. Madrid empezaba a descubrir el placer de la vida urbana moderna: leer prensa, asistir al teatro, pasear, debatir, dejarse ver.

Pero detrás de esa imagen sofisticada seguía existiendo una ciudad durísima.

Había pobreza, hacinamiento, epidemias frecuentes y enormes desigualdades sociales. Muchas calles seguían sin pavimentar adecuadamente y miles de familias sobrevivían en viviendas pequeñas y precarias mientras la ciudad intentaba proyectar una imagen elegante hacia el exterior.

Y precisamente ahí estuvo parte de la fuerza de Blanco y Negro.

La revista ofrecía una versión aspiracional de Madrid. Una ciudad refinada y culta que todavía estaba intentando existir del todo. Sus páginas permitían imaginar un Madrid más moderno del que realmente era.

Por eso mucha gente no compraba la revista únicamente para leer sus artículos. También la compraba para verla, enseñarla y conservarla. Algunos ejemplares se encuadernaban y quedaban guardados durante años en los salones familiares. Otras veces las ilustraciones se recortaban y decoraban paredes o carpetas personales.

En cierto modo, funcionaba casi como funcionan hoy las redes sociales o las revistas de estilo de vida: ayudaba a construir una imagen deseada de la realidad.

Y además logró reunir a buena parte del talento cultural de la época.

Por sus páginas pasaron escritores como Ramón María del Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín, Jacinto Benavente o Emilia Pardo Bazán. También caricaturistas e ilustradores como Mecachis o Xaudaró, que ayudaron a revolucionar visualmente la prensa española.

Con el tiempo, Blanco y Negro terminaría convirtiéndose además en el germen de otro gran gigante periodístico: ABC.

Pero quizá lo más interesante no sea eso.

Quizá lo verdaderamente fascinante es que aquella revista entendió antes que muchos algo que sigue siendo completamente actual: que las ciudades no solo se construyen con edificios, avenidas o monumentos. También se construyen con relatos, imágenes y aspiraciones compartidas.

Mucho antes de las pantallas luminosas, Madrid ya soñaba con imágenes.

Solo que entonces tenían olor a tinta fresca, textura entre los dedos y el brillo elegante del papel satinado.

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