Hay algo en la lectura que no desaparece del todo, aunque todo alrededor cambie. No se rompe de golpe, no se apaga como una luz. Simplemente se desplaza, se vuelve menos visible, deja de estar en el centro. Y, sin embargo, sigue ahí.
👉 Escucha el episodio completo:
En Madrid, donde el ritmo parece acelerarse cada año un poco más, donde el día empieza y termina con una pantalla, ese desplazamiento se nota con claridad. Las historias no han desaparecido, pero han cambiado de forma. Se consumen más rápido, duran menos, se sustituyen antes de terminar. Y en medio de ese flujo constante, leer —leer de verdad— parece exigir algo que cada vez cuesta más sostener: tiempo sin interrupciones, atención sin estímulos, una decisión consciente de quedarse.
El 2 de abril se celebra el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, una fecha que coincide con el nacimiento de Hans Christian Andersen. No es casual que se eligiera a Andersen para señalar este día. Sus cuentos no necesitan velocidad para funcionar, no dependen de estímulos externos ni de giros constantes. Funcionan porque alguien los escucha, o los lee, y decide permanecer en ellos el tiempo suficiente como para que algo ocurra.
Ese “algo” es difícil de explicar. No es solo entender una historia, ni siquiera disfrutarla. Es una forma de entrar en ella, de completarla, de dejar que se mezcle con lo que uno ya sabe o cree saber. Y eso no ocurre cuando todo empuja en la dirección contraria.
Por eso la pregunta no es tanto por qué los niños leen menos, sino en qué condiciones intentan leer. Porque no es lo mismo hacerlo en un entorno que invita a detenerse que en uno diseñado para no parar nunca.
En el episodio El niño que todavía escucha cuentos, la historia de Mateo se mueve precisamente en ese terreno. No es una historia extraordinaria. Es, en realidad, demasiado reconocible. Un niño que pasa de una pantalla a otra sin esfuerzo, que se acostumbra a la velocidad sin darse cuenta, y que, sin embargo, todavía conserva un espacio —pequeño, irregular, a veces frágil— donde la lectura sigue siendo posible.
No hay en esa historia grandes decisiones ni cambios bruscos. Hay gestos mínimos. Una madre que no impone, pero tampoco se retira. Una pregunta que no busca respuesta inmediata. Un momento compartido antes de dormir que no siempre funciona, pero que sigue ocurriendo. Y, sobre todo, una experiencia distinta, como la que se da en una biblioteca, donde el tiempo se comporta de otra manera y donde las historias no compiten con nada más.
Porque ahí está la clave. No en obligar a leer, ni en repetir que es importante, ni en convertirlo en una tarea más. La lectura no entra así. Entra cuando encuentra un espacio donde puede sostenerse. Cuando no tiene que competir con todo lo demás. Cuando alguien decide, aunque sea por unos minutos, quedarse.
Y eso sigue pasando.
No siempre. No de la misma manera que antes. Pero ocurre.
En una ciudad como Madrid, donde todo parece diseñado para captar la atención y no soltarla, hay algo casi imperceptible en ese instante en el que un niño deja la pantalla no porque se la quiten, sino porque hay algo que le interesa más. No es un gesto espectacular, ni definitivo, ni siquiera frecuente. Pero es suficiente.
Porque leer nunca fue lo fácil.
Fue, y sigue siendo, elegir quedarse… cuando todo empuja a lo contrario.