www.madridiario.es

TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Torre-mirador de Alfonso XII en El Retiro
Ampliar
Torre-mirador de Alfonso XII en El Retiro (Foto: Ayuntamiento de Madrid)

Alfonso XII: la memoria de un rey joven

viernes 28 de noviembre de 2025, 12:30h
Actualizado: 29/11/2025 11:09h

El 28 de noviembre de 1857, Madrid amaneció con el frío que se adhiere a las piedras y convierte el aire en un cristal opaco. Las calles, aún sin el bullicio eléctrico que traería el siglo XX, se llenaban del sonido acompasado de los carruajes sobre los adoquines y del murmullo de una ciudad que comenzaba a desperezarse entre el humo de las chimeneas y el aroma a castañas asadas. En el Palacio Real, donde los relojes marcaban el tiempo con solemnidad y las lámparas de araña derramaban luz sobre tapices que narraban gestas pasadas, la reina Isabel II daba a luz a su segundo hijo varón: Alfonso, el niño que, sin saberlo, sería llamado años más tarde el Rey Pacificador.

La noticia se propagó con la pompa que exigía la ocasión: campanas repicando en San Ginés y San Isidro, salvas de artillería resonando en la Plaza de la Armería, pregoneros que corrían por la Puerta del Sol mientras los periódicos, aún húmedos de tinta, anunciaban el nacimiento real. En los cafés del centro, entre humo de cigarros y tertulias políticas, se comentaba con ironía y esperanza: España atravesaba una etapa convulsa, sacudida por pronunciamientos militares y tensiones sociales, y nadie podía imaginar que aquel recién nacido acabaría restaurando la monarquía tras la Primera República y cerrando la herida abierta por la Tercera Guerra Carlista.

Mientras tanto, la ciudad mostraba su propio espectáculo cotidiano. Las damas paseaban por el Salón del Prado con sus crinolinas amplias, que dibujaban siluetas majestuosas bajo mantos de terciopelo y capas de lana, mientras los caballeros lucían levitas ajustadas, chalecos bordados y sombreros de copa que se inclinaban con estudiada cortesía. Los guantes eran imprescindibles, y los abanicos, verdaderos lienzos de moda, se agitaban con gracia en los salones y teatros. El comercio de la calle Carretas exhibía sedas francesas y encajes traídos de Bruselas, mientras los sastres de la calle Mayor competían en elegancia con los modistas que dictaban tendencias desde París.

En ese contexto, la infancia de Alfonso transcurrió entre la rigidez palaciega y los ecos de una corte que se desmoronaba. Tras la Revolución de 1868, Isabel II partió al exilio y Alfonso fue enviado a París y Viena, donde recibió una educación cosmopolita que lo convirtió en un príncipe distinto. Aprendió francés y alemán, se familiarizó con la diplomacia europea y absorbió el refinamiento de las capitales imperiales. Pero su formación no se limitó a los salones: en la Academia Militar de Sandhurst, en Inglaterra, completó su instrucción castrense, aprendiendo estrategia, disciplina y el rigor de la vida militar británica. Allí, entre maniobras y reglamentos, se forjó la imagen de un monarca joven, culto y cercano, que entendía que la estabilidad no se imponía con bayonetas, sino con acuerdos.

Su regreso a España en 1874 fue casi cinematográfico: llegó en tren, símbolo de progreso, y saludó a la multitud desde la estación del Norte, hoy Príncipe Pío, mientras la Restauración borbónica se abría paso como promesa de reconciliación. Durante su reinado, breve pero intenso, Alfonso XII impulsó la pacificación nacional, cerró la guerra carlista y promovió reformas que modernizaron el ejército y la administración. Sin embargo, la paz política convivió con tragedias personales que marcaron su vida y su memoria colectiva.

Entre esas sombras destaca la historia de María de las Mercedes de Orleans, su primera esposa, cuya muerte prematura apenas cinco meses después de la boda convirtió el dolor real en leyenda popular. La boda, celebrada en enero de 1878 en la Basílica de Atocha, fue un acontecimiento que paralizó Madrid: balcones engalanados, mantillas blancas, carruajes relucientes y un pueblo que veía en aquella unión la imagen de la reconciliación entre Borbones y Orleans. Pero la alegría se tornó duelo cuando la joven reina falleció en junio, víctima de tifus. La romanza popular lo inmortalizó con versos que aún resuenan en la memoria colectiva:

«¿Dónde vas, Alfonso XII, / dónde vas triste de ti? / Voy en busca de Mercedes / que ayer tarde no la vi».

Aquella canción, repetida en plazas y corrales, convirtió la intimidad del monarca en mito sentimental. Aquel joven rey, que había devuelto la esperanza a un país exhausto, murió demasiado pronto, víctima de tuberculosis, con apenas 27 años. Madrid lo despidió con honores en el Palacio Real antes de llevarlo al Panteón de Reyes en El Escorial, en un cortejo que parecía arrastrar consigo la melancolía de toda una generación.

Décadas después, su memoria quedó inmortalizada en el monumento ecuestre del Retiro, inaugurado en 1922 tras una suscripción nacional que costó más de un millón de pesetas. La obra, rodeada de columnas y relieves, se alzó como símbolo de gratitud y modernidad. Desde su pedestal, Alfonso XII parece vigilar la ciudad que lo vio nacer, como si aún quisiera cumplir su promesa de paz. Hoy, entre el rumor del agua y el canto de los gorriones, su silueta permanece inmóvil, convertida en parte del paisaje sentimental de Madrid.

🎧 Escucha el episodio completo en Spotify:

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios