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El mediador de la villa
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El mediador de la villa

lunes 24 de noviembre de 2025, 08:00h
Actualizado: 25/11/2025 20:25h

Madrid, 24 de noviembre de 1768. La ciudad crecía y el desorden se multiplicaba en calles estrechas y tabernas ruidosas. El corregidor y los alguaciles no bastaban para mantener la paz. Ese día se entregaron los primeros bastones de mando a los Alcaldes de Barrio, una figura que transformó la vida cotidiana de la villa.

Elegidos entre vecinos respetados, sin sueldo y con fama de honradez, los alcaldes asumían tareas esenciales: supervisar la limpieza, comprobar el alumbrado, mediar en pleitos menores y denunciar delitos. Cada bastón llevaba cintas de colores que identificaban el barrio: rojas para Palacio, azules para la Puerta del Sol, verdes para las rondas exteriores. No era un simple adorno: era el símbolo de autoridad y proximidad.

Cada semana, estos hombres acudían al Palacio de la Santa Cruz, sede del Ayuntamiento, para rendir cuentas en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Allí, bajo la mirada del corregidor —representante directo de la Corona— se revisaban informes y se asentaban en los Libros Capitulares, la memoria escrita del gobierno municipal.

Su origen se remonta al motín de Esquilache (1766), cuando la ciudad se rebeló contra las prohibiciones de capa y sombrero. Para evitar nuevas revueltas, se numeraron las casas y se creó esta red de vigilancia. Hubo anécdotas curiosas: alcaldes que organizaban fiestas vecinales, pleitos por ruido y vino sin licencia, e incluso cadenas en caminos para cobrar peajes bajo pretexto de limpieza. Y si el alcalde moría, el bastón se colocaba sobre su féretro: el cargo se enterraba con él.

Tal día como hoy, Madrid aprendió que gobernar no siempre se hace desde palacios: a veces empieza en la esquina de una calle, con un hombre sencillo y un bastón que ordena la villa.

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