El 30 de octubre de 1930, El Heraldo de Madrid publicó un proyecto audaz: convertir la Gran Vía en una vía circular. Una curva monumental que pretendía cerrar el corazón de la ciudad como si Madrid pudiera abrazarse a sí misma. El plan, firmado por los arquitectos Tolesana y Sainz de Terreros, partía desde la Plaza de Canalejas, avanzaba hacia Benavente, seguía por Concepción Jerónima y Puerta Cerrada, bordeaba la Plaza Mayor por detrás, ascendía hacia Ópera y Santo Domingo, y finalmente conectaba con la Gran Vía en el tramo de Eduardo Dato. La idea era clara: cerrar el círculo, sustituir tranvías por autobuses, ampliar calzadas y embellecer el centro. Un gesto de modernidad que, además, prometía trabajo para cientos de obreros en plena crisis.
Pero no se hizo. A pesar del entusiasmo y las palabras amables del Ayuntamiento, el proyecto quedó en el cajón del olvido. No hubo expropiaciones, ni derribos, ni primeras piedras. Solo quedó el eco de una curva que nunca se trazó. Hoy, al caminar por la Gran Vía, nadie imagina que pudo ser circular. Que Madrid soñó con una rotonda monumental, con un bucle de piedra y tráfico que uniera sus plazas como cuentas de un collar.
La Gran Vía no se hizo circular, pero sí se hizo eterna. Desde aquel proyecto frustrado, la avenida ha seguido su curso quebrado, como si Madrid se resistiera a la geometría perfecta. Y en esa resistencia, ha encontrado su carácter. Fue el Broadway madrileño, con marquesinas que anunciaban estrenos y estrellas. En el Edificio Carrión se instaló el primer aire acondicionado de Madrid en 1933, tan grande que ocupaba varias butacas y tan ruidoso que competía con los diálogos de la pantalla. La Gran Vía fue también escenario de zarzuelas, como la que compuso Federico Chueca en 1886, titulada precisamente La Gran Vía, cuando aún no existía más que en los sueños de los urbanistas. Durante la Guerra Civil, se ganó el apodo de Avenida de los Obuses por los bombardeos que caían sobre ella. Y sin embargo, resistió. Como resiste todo lo que tiene alma.
Hoy, la Gran Vía es más verde, más peatonal, más viva. Tiene carril bici, bancos nuevos, farolas modernas. Pero sigue teniendo algo que no se puede reformar: su memoria. Desde el Edificio Metrópolis con su cúpula dorada, hasta el Palacio de la Prensa, pasando por el Edificio Telefónica, que fue el primer rascacielos de España, cada fachada cuenta una historia. Algunas se ven. Otras hay que escucharlas.
Tal día como hoy, Madrid no trazó una curva. Pero sí trazó una avenida que, sin cerrar el círculo, abrió la ciudad. Y en ese gesto, se dibujó el Madrid que somos.
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