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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Molestias generadas por las crecidas del río Manzanares
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Molestias generadas por las crecidas del río Manzanares (Foto: Asociación Vecinal La Ermita)

La ciudad sumergida

miércoles 29 de octubre de 2025, 08:00h
Actualizado: 29/11/2025 20:52h

El 29 de octubre de 1435 comenzó en Madrid un diluvio que duró casi tres meses. Lo que parecía una lluvia pasajera se convirtió en un huésped persistente. Día tras día, el agua caía sin tregua, empapando tejados, empantanando calles y desbordando el Manzanares. Las casas de adobe se deshacían como barro, las huertas se anegaban, el trigo se pudría y los madrileños sobrevivían con poco más que trigo cocido. El vino escaseaba, el agua potable se contaminaba y los animales morían ahogados o enfermos.

Madrid quedó aislada. Los caminos se volvieron lodazales imposibles, el comercio se paralizó y la ciudad vivió semanas de encierro forzoso, con un silencio húmedo que calaba hasta los huesos. Cuando por fin cesó la lluvia, llegó la peste. No fue la gran peste negra, pero sí una variante que se cebó en los más débiles. Fiebres, bubones, vómitos, delirios. Los cuerpos se acumulaban en las esquinas, envueltos en mantas, esperando que alguien los recogiera. El olor a muerte se mezclaba con el barro. El rey Juan II huyó a Illescas, mientras los embajadores extranjeros eran aislados en fincas extramuros, en lo que más tarde se conocería como el Campo de Embajadores.

Los entierros se hacían con prisa. Las iglesias, que hasta entonces acogían los cuerpos bajo sus bóvedas, no daban abasto. Las fosas comunes se cavaban en los cementerios parroquiales, y los sepultureros trabajaban día y noche, con las manos en carne viva y el rostro cubierto por paños empapados en vinagre. Se dice que murieron más de once mil personas, una cifra que superaba la población estimada de Madrid en aquel momento. La ciudad quedó vacía, como si el agua hubiera borrado su trazado humano.

Durante tres meses, la lluvia no cesó. Pero lo más hondo no fue lo que se vio, sino lo que se sintió. El miedo se instaló en los corazones como una humedad que no se seca. Las primeras gotas fueron alivio. Las últimas, castigo. Cuando por fin el sol apareció tras la última tormenta, los vecinos salieron al cerrillo del Rastro gritando: «¡Mira el sol! ¡Mira el sol!». Era un grito de alivio, de incredulidad, de renacimiento.

La reconstrucción fue lenta, como quien cose con hilo mojado. No hubo arquitectos ni planos, pero sí manos. Manos encallecidas, manos solidarias, manos que levantaron muros con barro y fe. Las familias se ayudaron unas a otras, compartiendo tejas, madera, pan, silencio. El Concejo mandó limpiar las calles, reparar los puentes, abrir los caminos. Se revisaron las fuentes, se cavaron nuevas acequias, se reforzaron las murallas. Los mercados volvieron a abrir, aunque con escasez. El trueque se convirtió en costumbre. Los gremios de carpinteros, albañiles y herreros vivieron un renacer. Cada golpe de martillo era una promesa. Cada ladrillo, una esperanza.

Algunos barrios quedaron tan dañados que se reubicaron. El trazado de la Villa cambió, como si el agua hubiera redibujado la ciudad. Y aunque el rey Juan II tardó en volver, Madrid lo recibió sin aplausos, pero con resignación. Porque la ciudad, como siempre, se reconstruyó sola.

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