El 28 de octubre de 1956, Madrid se detuvo. A las ocho y media de la tarde, una imagen temblorosa apareció en las pantallas de apenas 600 hogares. Una voz solemne anunció: «Aquí Televisión Española. Buenas noches». Era el nacimiento de la televisión en España.
Desde un pequeño chalé en el Paseo de la Habana, en el norte de la ciudad, se emitía por primera vez una señal regular. La cobertura apenas alcanzaba un radio de 60 kilómetros, pero bastó para que Madrid asistiera al inicio de una nueva era. El estudio, de apenas cien metros cuadrados, parecía más una casa familiar que la sede de una televisión nacional. Allí, entre cables y cámaras prestadas, un equipo de cuarenta personas improvisaba como podía. El ministro Gabriel Arias Salgado repitió su discurso cuatro veces por fallos técnicos. La joven actriz Luz Márquez, encargada de presentarlo, se equivocó en directo, protagonizando el primer tropiezo de la historia de TVE. Después, se emitieron dos documentales, uno en francés por error. Nadie entendía nada, pero nadie protestó: bastaba con ver imágenes en movimiento dentro de casa.
El primer boletín informativo, Últimas noticias, se improvisó leyendo recortes de periódico en directo. Un mensajero en bicicleta traía las noticias desde la sede de Radio Nacional. Y Mariano Medina, el primer hombre del tiempo, señalaba con una varita un mapa de cartón: solo se le veía el brazo, por eso lo apodaron «Santa Teresa». Las cartas llegaban pidiéndole milagros meteorológicos: «Don Mariano, que llueva en mi pueblo», «Don Mariano, que no llueva el domingo, que se casa mi hija».
Tener televisor era un lujo. Costaba entre 14.000 y 30.000 pesetas, cuando el salario medio era de 1.000. Los aparatos se vendían en Galerías Preciados, El Corte Inglés o tiendas de electrónica en Argüelles. El resto miraba desde la calle. En bares, escaparates y casas de vecinos afortunados se formaban corrillos para ver toros, fútbol, teatro. La televisión no solo informaba: creó rituales, referentes, comunidad.
Con los años, llegó el color, las cadenas privadas, la TDT y, finalmente, las plataformas digitales. Hoy la televisión ya no vive en un mueble del salón: está en el móvil, en la tablet, en la nube. Pero su esencia sigue intacta: contar historias, emocionar, reunir. Y pensar que todo empezó aquí, en un chalé del Paseo de la Habana, a las ocho y media de la tarde, con una imagen temblorosa y una voz que decía: «Aquí Televisión Española. Buenas noches».
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