El 3 de octubre de 1792, los lectores del Diario de Madrid se encontraron con un anuncio que prometía revolucionar las cocinas de la capital: la venta de una pastilla de sustancia de carne. Un invento que cabía en el bolsillo y ofrecía sabor concentrado en tiempos de escasez. El producto se presentaba como práctico y nutritivo, recomendado para viajeros, enfermos y personas sin cocina propia. Bastaba disolverlo en agua caliente para obtener un caldo sustancioso en pocos minutos.
El anuncio no era casual. El Diario de Madrid, dirigido por el ilustrado Santiago Thevin, se había convertido en un escaparate de modernidad cotidiana. Heredero del espíritu reformista de Francisco Mariano Nipho, Thevin apostaba por una prensa útil y cercana al pueblo. Bajo su dirección, el periódico ofrecía noticias de comercio, precios de granos, avisos de espectáculos, horarios de diligencias y anuncios que reflejaban el pulso de la ciudad. Costaba dos cuartos y se vendía en librerías, estancos y puestos callejeros. Impreso en la Imprenta de la Viuda de Hilario Santos, constaba de cuatro páginas en formato cuarto, con tipografía clara y sin ilustraciones.
La pastilla de carne anunciada en Madrid tenía su origen en el Virreinato del Río de la Plata. El proyecto fue impulsado por Santiago de Liniers, quien obtuvo una Real Orden para fabricar pastillas de carne vacuna con almidón y aguardiente. Su objetivo era alimentar soldados, enfermos y viajeros con un caldo portátil que durara hasta tres años. La producción comenzó en una quinta apartada, tras el rechazo del Cabildo de Buenos Aires a instalar la fábrica en una zona de paseo por los malos olores. El proceso era artesanal: carne hervida en calderos de cobre, enfriada en moldes metálicos, secada al aire y conservada en botellas de vidrio. Las pastillas se disolvían en agua caliente con sal, pimienta y verduras, dando lugar a una sopa espesa y nutritiva.
En Madrid, el producto se vendía en boticas céntricas como la de la calle de la Montera y en almacenes de productos coloniales. Se ofrecía como alimento práctico y medicinal, en una época en la que la cocina madrileña era un crisol de sabores humildes y sofisticados. Las sopas eran esenciales en la dieta, y algunos médicos recomendaban la pastilla como reconstituyente, aunque los cocineros tradicionales la miraban con recelo, considerándola una trampa del progreso.
La historia de este invento terminó pronto. En 1793, la guerra entre Francia y España desató rumores de conspiración y la fábrica fue cerrada. Sin embargo, el anuncio publicado en el Diario de Madrid dejó constancia de una idea adelantada a su tiempo: un caldo concentrado que resumía el ingenio, la necesidad y la modernidad incipiente. Tal día como hoy, Madrid probó el futuro en una pastilla, porque incluso en el siglo XVIII, el hambre de innovación ya se cocía a fuego lento.
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