Los ritos en la Semana Santa son variados y complejos. La celebración de la muerte y resurrección de Cristo es el momento cumbre de la religión católica. Por eso la iglesia se vuelca en recrear la Pasión y toda su parafernalia. En el Jueves Santo se recuerda la Última Cena y se considera la fiesta de la institución de la Eucaristía. Los templos, ese día, se engalanan con un altar efímero conocido como ‘el Monumento’. El Monumento debe estar apartado del altar mayor, en el que el sagrario está vacío y con la portezuela abierta.
Hasta la Transición y, sobre todo, hasta la promulgación de la Constitución de 1978, todos los españoles estábamos sometidos a los dictados del catolicismo. Y la Semana Santa, hasta bien avanzados los sesenta del pasado siglo, era uno de los periodos más oscuros para la sociedad y más aburrido para los niños.
Ya antes de empezar la semana, a partir del V Domingo de Cuaresma, se ocultaban las imágenes en las iglesias. Lienzos negros, o morados, cubrían a los santos y retablos componiendo una galería fantasmagórica que nos resultaba difícil de entender.

Los que fuimos niños pegados al aparato de radio en la cocina, comprobábamos con estupor cómo desde el Lunes Santo, solo se emitía música sinfónica, gregoriano o cánticos religiosos, además de transmitir los oficios. Destacaba, el Viernes Santo, el Sermón de las Siete Palabras, un ejercicio de oratoria que muchos predicadores convertían en un drama truculento, digno de Enrique Rambal. La alternativa era salir a jugar a la calle, pero sin hacer ruido ni, mucho menos, cantar o tararear: nos arriesgábamos a un pescozón si lo hacíamos. ¡No se puede cantar, ha muerto el Señor! Los campanarios enmudecían y el hermoso tañido del bronce era sustituido por una especie de carraca, auténticamente desagradable al oído. Y así, hasta el Domingo de Resurrección.
Cuando llegó la televisión, no mejoraron mucho las cosas. Entonces los conciertos y los oficios los veíamos, además de oírlos. Como concesión a la audiencia, se emitían películas de argumento religioso. Cada Semana Santa, Barrabás era perdonado y Marcelino era acogido por el Cristo en uno de los finales más lacrimógenos de nuestro cine. Un año programaron, guiados por el título, La Pasión según San Mateo. Pero no cayeron en la cuenta de que era vista por Pier Paolo Pasolini y, claro, aquello no gustó demasiado.
En medio de tanta desolación impostada, las señoras -y los señores- tenían un gran entretenimiento la tarde del Jueves Santo: recorrer los monumentos de las iglesias. La tradición manda que deben visitarse al menos siete de ellos. San Felipe Neri inició la tradición de visitar las siete estaciones históricas romanas: las cuatro basílicas principales (San Pedro, Santa María la Mayor, San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán), y las iglesias de San Lorenzo, Santa Cruz y San Sebastián. Este recorrido simboliza el ir y venir de Jesús en la noche del Viernes Santo, conocido popularmente como ‘ir de Herodes a Pilatos’. Ellas, a ser posible, ataviadas con peineta y mantilla. Negra, naturalmente, y sin flores. En los pueblos, donde la peineta y mantilla eran símbolos de lujo de las madrinas ricas del lugar, las señoras, bueno, las mujeres, iban tocadas con velo. Alguna más poderosa, lo llevaba de encaje, convenientemente prendido al pelo con un alfiler de orfebrería.
A pesar del dramatismo de las celebraciones, los templos rivalizaban -y creo que todavía lo hacen- en lujo y esplendor para sus monumentos. Y venía de antaño pues se conservan dibujos y bocetos de auténticas construcciones efímeras, pródigas en dorados, angelotes y columnas salomónicas. Hoy son hasta piezas de museo, como el monumento del madrileño monasterio de La Encarnación, diseñado por Ventura Rodríguez, que se puede ver en la nueva Galería de las Colecciones Reales. Sin salir de la Capital, era muy popular el Monumento de San Sebastián. Como allí tenía -y tiene- su sede la Cofradía de la Novena, la de los cómicos, los decoradores de teatro armaban el monumento y era visitado por las grandes actrices del momento, en un alarde público de religiosidad.

En esta tercera década del siglo XXI, los monumentos se siguen montando y algunos con la magnificencia de antaño. Son los casos del monasterio de las Descalzas Reales, la parroquia de la Santa Cruz, la de San Ginés, la catedral de San Isidro o la basílica de San Miguel.
Tras el dramatismo del Viernes Santo, llega el Domingo de Resurrección. En mi pueblo (Tudela de Navarra) se celebra la Bajada del Ángel, fiesta de Interés Nacional. Se coloca un templete en la fachada del edificio municipal de la plaza mayor (la de los Fueros). Tiene pintadas nubes y de él sale una gruesa maroma que cruza toda la plaza. A las nueve de la mañana se abren las puertas del templete -del cielo- y entre nubes de tafetán descuelgan por la maroma a un ángel que trae la buena nueva. El niño-ángel, con peluquita de tirabuzones, túnica dorada, las alitas y banderín en una mano (que sustituyó a la vela de antaño por aquello de no arder), es descolgado a la soga por la que avanzará con movimientos natatorios. Suena el Himno Nacional; el ángel desparrama aleluyas sobre la multitud. Bajo la soga, una imagen de la Virgen con el rostro enlutado, va avanzando hasta quedar a la altura del niño. Producido el encuentro, proclama el ángel: ¡Alégrate, María. Tu hijo ha resucitado! Y procede a levantarle el velo como fin del luto. La muchedumbre aplaude y el niño, con impecables brazadas, retrocede hasta el cielo. La Virgen, una hermosa talla de la Inmaculada con negra peluca de tirabuzones, emprende el regreso a la catedral. El niño-ángel -ya hay también niña-ángel- es el protagonista de la semana. Los hubo que sobrevolaron la plaza hasta que los pelos de las piernas y el peso corporal, los hacían poco adecuados para el sagrado menester. Esta entrañable tradición se repite, con pocas variaciones, en otras localidades de España.
Y así se llega al final de la Semana Santa, rogando, como en la actual, para que el tiempo no malogre las tradiciones en la próxima.