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Antonio Palacios cumple 150 años
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(Foto: Luis María González)

Antonio Palacios cumple 150 años

Por Luis María González
martes 30 de enero de 2024, 11:51h
Actualizado: 02/02/2024 13:06h

El 10 de enero de 1874 comparece en el Juzgado Municipal de la localidad pontevedresa de O Porrino D. Isidro Palacios y García al objeto de que se inscriba en el Registro Civil a un niño, hijo suyo y de doña Jesusa Ramilo y Nieves, nacido el día 8 anterior y al que se había puesto el nombre de Antonio Luciano Juan: el futuro arquitecto Antonio Palacios.

El Ayuntamiento de Madrid ha declarado 2024 como el 'Año Antonio Palacios'. Se celebran diversas actividades que se prolongarán hasta el 2025 al coincidir este con el 80º aniversario de su fallecimiento en su casa del Plantío. Durante estos meses tenemos la ocasión de conocer los resultados de su actividad profesional en Madrid y en el resto de localidades españolas en las que también encontramos su huella: Málaga, Mengíbar (Jaén), O Porriño, Mondáriz y Nigrán (Pontevedra) y Ávila, entre otras. El Palacio de Comunicaciones de Cibeles, el Hospital de Jornaleros de Maudes, el Hotel Florida en Callao, estaciones y edificios de Metro o la Fábrica de Harinas en la Plaza de Luca de Tena están ya en boca de todos los seguidores de este arquitecto olvidado durante mucho tiempo hasta que en 2002 se le rindió un homenaje en el Círculo de Bellas Artes como “Constructor de Madrid”. Siempre se ha dicho que su estilo arquitectónico es el ecléctico, pero podemos concretar en que el suyo es único: “estilo Antonio Palacios”.

Su infancia transcurre entre su localidad natal y el norte de Portugal. Su padre, ayudante de obras públicas, trabajaba en la construcción de los ferrocarriles portugueses. La convivencia diaria con planos, croquis, herramientas, ladrillos, piedras, raíles y otros útiles de trabajo le hizo aficionarse al mundo de la construcción.

Cuando la familia regresa a España comienza el Bachillerato. No se consideraba buen alumno porque le costaba mucho estudiar, haciéndolo por obligación, hasta que se cruzó en su camino un profesor de francés, don Antolín Esperón y Novas, gran pedagogo que enseñaba a los alumnos a pensar y discurrir. A partir de ese momento, ya en el tercer año, se produjo un cambio radical que le llevó a obtener varios sobresalientes en sus calificaciones.

En 1892 se viene a Madrid a estudiar en la Escuela Superior de Arquitectura. El plan de estudios de arquitectos e ingenieros era el mismo durante los cuatro primeros cursos; al llegar al quinto había que elegir. Las dudas de este universitario gallego las resolvió tentando a la suerte por su indecisión sobre qué camino tomar: una noche, lanzó una moneda al aire y ganó Arquitectura, aunque su familia quería que fuese ingeniero. De nuevo, un profesor, de la asignatura de Proyectos en este caso, es fundamental para su futuro: D. Manuel Aníbal Álvarez queda muy sorprendido cuando presenta su proyecto de un palacio arzobispal, calificado con notable, desconociendo el motivo por el que los profesores de cursos anteriores no le habían hablado de este brillante alumno. Completó su formación viajando por diversos países: Alemania, Egipto, Francia, Grecia y Suiza, entre otros, pero sobre todo por Inglaterra.

Comenzó a trabajar nada más licenciarse. Se presentó a varios concursos asociado con su compañero Joaquín Otamendi y Machimbarrena resultando ganadores del abierto para la construcción del Puente Señorial sobre la Ría de Bilbao, proyecto que nunca se ejecutó.

Le preguntaban por la obra arquitectónica que consideraba más maravillosa; su contestación: el transatlántico, el mayor adelanto de la Arquitectura. La razonaba manifestando su admiración por la forma en que mantenían el equilibrio sobre las aguas, una estabilidad a la que añadía la belleza de los distintos compartimentos que comparaba con las estancias de los palacios versallescos.

Opinaba que las exposiciones de Bellas Artes sobre Arquitectura no tenían el mismo significado que las de Escultura y Pintura porque aquellas obras podían contemplarse en los espacios públicos, aunque consideraba las tres como hermanas. Se posicionaba en contra de lo que él llamaba la dieta artística, consistente en privar a los ciudadanos de las nuevas obras que sólo se exhibían durante las Exposiciones que se celebraban cada dos años y suponían un gran atracón para los interesados, sobre todo estudiantes que podían en ese momento conocer nuevos planos y obras. Este sistema provocaba una gran expectación por si se descubrían nuevos genios y se mostraban nuevos estilos. Era un firme seguidor y defensor de los autores antiguos por su sistema de trabajo: las ideas había que llevarlas directamente a la práctica con unos simples croquis sin realizar dibujos de los edificios.

Fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, profesor universitario y Jurado en diversas Exposiciones nacionales. Consideraba injusta la adjudicación de los premios a los concursantes porque entendía que muchos de ellos quedaban insatisfechos, afirmación que realzaba manifestando que también los componentes del Jurado quedaban en el mismo estado.

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