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La pantalla que no quisimos mirar

viernes 22 de diciembre de 2023, 15:24h
Actualizado: 22/12/2023 16:22h

Recuerdo con cariño aquel 31 de diciembre de 1999, no solo por lo emblemático de un día tan señalado.

Durante ese final de año lo digital comenzaba a tener una relevancia que nos ataría para siempre a todo lo que conocemos hoy.

La psicosis desatada por el bug Y2K –también conocido como Efecto 2000- daba paso a una década de auténtica revolución. El nacimiento de las redes sociales, el famoso virus ILOVEYOU, el estallido de la burbuja puntocom, el nacimiento de Wikipedia… la apertura a Europa junto al Euro. La globalización.

La generación de finales de los 80 tuvimos que adaptarnos rápidamente a todo lo que iba sucediendo, siendo los auténticos beta tester de la innovación mientras descubríamos las esencias del adolescente.

Con los primeros móviles con pantallas en blanco y negro, las notitas de la clase que pasaban de mano en mano se virtualizaron y cambiaron su nombre por SMS, destruyendo el español por limitar los caracteres.

Te quiero por “TQ”. Contesta por “cta”. Saludos por “S2”. Un sinfín de abreviaturas destinadas a ahorrarnos unos céntimos de nuestras tarjetas SIM de prepago que recargábamos de 5 en 5 euros.

Habitaciones llenas de zumbidos de la primera red social que conectaba a los amigos y familia: MSN Messenger. Después, Tuenti, Facebook, Twitter…

Aprendimos a convivir en muy poco tiempo con un aluvión de miles de herramientas que cambiaron nuestras vidas, nuestra forma de escuchar música, de relacionarnos, de quedar… y, justo en ese momento, ya no hubo marcha atrás.

Las siguientes generaciones crecieron con una cantidad de hábitos heredados que solo podían empeorarlo todo. Y aún no nos habíamos dado cuenta.

Se dejaron de ver series a la hora de merendar y de jugar al fútbol en el patio de un colegio y se cambió por los vídeos de Youtube o el FIFA en cualquier consola.

Se cambiaron los álbumes de fotos por una galería de filtros que aplicar en cualquier instantánea tomada con el móvil. Nacía la tiranía del like y la necesidad de la aprobación social.

Se olvidaron los te quiero a la cara y se sustituyeron por emoticonos de un corazón rojo en Instagram por mensaje privado.

La desconexión del medio por el mal uso de las nuevas tecnologías tiraniza igual que los regímenes más dictatoriales de nuestra historia. Someten la voluntad y crean vidas virtuales en un metaverso inventado a nuestra voluntad.

Y llegados a este momento, ¿cómo lo solucionamos? ¿Cómo desandamos el camino de esos hábitos?

Para ello, la Asamblea de Madrid se ha pronunciado a favor de la creación de una Comisión de Estudio para Abordar el Uso de la Tecnología por parte de la Infancia y la Adolescencia, en la que expertos, profesionales de la Administración, de la sociedad civil, de la industria; incluso, los propios adolescentes a través de asociaciones y entidades para tratar el uso que se hace de las pantallas, de los contenidos a los que acceden, el tiempo que están conectados a esos dispositivos o la información que reciben a través de ellos, entre otras cuestiones.

Es el momento de explicar a nuestros jóvenes todo aquello que hicimos mal, porque esa pantalla que hoy les mira a los ojos es la misma que nosotros no quisimos mirar a tiempo.

Jonatan Arroyo

Diputado del GPP en la Asamblea de Madrid

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